lunes, 12 de julio de 2010

Millenium 3: la reina en el palacio de las corrientes de aire


Título original: Luftslottet som sprängdes
Año: 2009
Nacionalidad: Suecia, Dinamarca & Alemania
Dirección: Daniel Alfredson
Guión: Jonas Frykberg & Ulf Ryberg, basado en la novela de Stieg Larsson
Producción: Lone Korslund & Peter Nadermann
Fotografía: Peter Mokrosinski
Música: Jacob Groth
Dirección Artística: Jan Olof Agren & Maria Haard
Vestuario: Cilla Rörby
Reparto: Michael Nyqvist, Noomi Rapace, Lena Endre, Annika Hallin, Jacob Ericksson, Sofia Ledarp, Andres Ahlbom, Micke Spreitz, Georgi Staykov, Mirja Turestedt, Niklas Falk, Hans Alfredson, Lennart Hjulström, Jan Holmquist, Niklas Hjulström, Johan Kylén, Tanja Lorentzon, Donald Högberg, Magnus Krepper, Michalis Koutsogiannakis, Aksel Morisse, Xarl-Ake Eriksson, Peter Andersson, Sanna Krepper, Tomas Köhler, Johan Holmberg, Rolf Degerlund, Ylva Lööf, Pelle Bolander, Nicklas Gustavsson, Aida Gordon, Ismet Sabaredzovic, Hamidja Causevic, Tehilla Blad…


justicia terrenal que apela al corazón

La tercera entrega de la serie Millenium, Millenium 3: la reina en el palacio de las corrientes de aire, es un filme emotivo que apela al corazón del espectador que, aunque pudiera no funcionar por sí misma, completa la saga con efectividad y emoción.

Mientras Lisbeth Salander (Noomi Rapace) se recupera de las múltiples heridas físicas propinadas por su propio padre, que a su vez se recupera en la habitación de al lado, se prepara para afrontar un juicio que podría inhabilitara de nuevo y acabar internada en el mismo hospital psiquiátrico en el que estuviera de adolescente. A pesar de que no está sola y cuenta con Michael Blomkvist (Michael Nyqvist) y otros amigos, su padre y los antiguos miembros de su siniestra organización confabulan contra ella.

Esta es la trama general de Millenium 3, en la que toda la acción está orientada para el clímax del juicio y la culminación de todas las líneas argumentales, concluyendo con efectividad una emocionante saga en la que su protagonista ofrece, por un lado, un certero, eficaz y contundente retrato psicológico de una persona profundamente herida, pero fuerte y absolutamente superviviente y, por otro lado, el de una joven contemporánea que vive su sexualidad sin prejuicios, expresando con su estética lo que siente interiormente. ¡Ojo! No quiero decir que todos los jóvenes que utilizan la estética gótica hayan tenido un pasado traumático, tan sólo que la mayoría de ellos, utilizan esa estética (como cualquier otra) como liberación y expresión de sus sentimientos hacia una sociedad opresora. El asunto punk forma parte de la puesta en escena de Lisbeth para sus oponentes en una declaración, todavía más evidente, de todo aquello que no puede expresar verbalmente.

Haciendo una valoración general de la serie debo decir que la primera entrega, Millenium 1: los hombres que no amaban a las mujeres (Män som hatear kvinnor, 2009, Niels Arden Opley), me pareció la menos interesante. De hecho la acción no se centraba en el personaje de Lisbeth Salander, más bien en su futuro amigo y protector, Michael Blomkvist. Para lo que sí servía era para la sensibilización sobre el abuso a menores y, en particular, al sexo femenino, que no débil, que tanta importancia iba a tener en el resto de la saga.

La segunda entrega, MIllenium 2: la chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Flickan som lekte med elden, 2009, Daniel Alphredson) es el plato fuerte de la serie, un película entretenida y emocionante cuyo argumento ya no se centra en el individuo, sino en el abuso de poder de algunos individuos sobre la sociedad entera a través de la conspiración de unos hombres acostumbrados a operar a sus anchas, precisamente, por la falta de castigo de sus “vicios pequeños”.

Esta escalera de abusos, depravación y corrupción necesitaba un castigo, que se ejecuta en la tercera y última entrega, la que nos ocupa, completando la serie y centrando el tema de la saga en un detallado análisis de cómo la impunidad de un delito puede llevar al individuo a cometer delitos mayores, convirtiéndole (o creyéndose) un dios omnipotente que tiene derecho a decidir por los demás, a los que evidentemente considera inferiores: un sociópata, en términos psiquiátricos, que precisamente se explica en esta segunda entrega.

El análisis completo de la trilogía me lleva a la conclusión de que lo que Stieg Larsson nos quiere decir es que los sociópatas no son sólo esos seres caricaturizados que se muestran en el cine de género, sino personas normales que viven entre nosotros y que, la mayoría de las veces, se escudan en la supuesta responsabilidad de sus trabajos y en que lo hacen por el bien del ciudadano de a pie. La teoría de la conspiración nos lleva, irremediablemente, a una saga precedente que se diera tanto en cine como en televisión —exactamente igual que está sucediendo con Lisbeth que también ha iniciado su periplo televisivo—, me refiero a Expediente X (The X Files, 1993) si bien es cierto que la serie de Chris Carter se revela más fantástica y menos interesada en la denuncia social, tan sólo, e incluso parece proponer que la paranoia podría estar generada desde el propio individuo.

La alusión al escritor de la novela es lícita porque las películas no comparten ni director ni guionistas, salvo en las dos últimas entregas. Entiendo que el director, Daniel Alfredson, y los guionistas, Jonas Frykberg y Ulf Ryberg, han intentado seguir la coherencia de personajes a través de la novela y estéticamente en línea con la primera entrega. Por eso quizás no me importe que esta tercera entrega sea, como he dicho, inferior a la segunda. Utiliza recursos básicos, casi melodramáticos, apelando al corazón del espectador que debe haber visto, al menos Millenium 2, para identificarse plenamente con Lisbethh y desear su liberación en una cuestión de justicia no poética, sino absolutamente merecida y real.

Aún así considero que la historia está muy bien llevada, se incluyen elementos nuevos y hay secuencias tremendamente emocionantes, como el asesinato de Zalachenko (Georgi Statkov) o la secuencia de la cafetería en la que se reúnen Michael y Erika hacia el final de la cinta. La película sigue dos líneas argumentales, una en clave de thriller, a través del seguimiento de los personajes de la edición de Millenium y la otra, mas intimista, con la evolución del juicio de Lisbeth y la fabulosa recuperación física y mental que tiene el personaje, entendiendo y comprendiendo definitivamente el porqué de su parco y arisco comportamiento, que tan sólo es la coraza tras la que se esconde una persona herida y machacada mil veces, no por la sociedad, sino por la justicia y sus diferentes representantes: policía, médicos, asistentes sociales, etc., etc.

Destaca sobre todos los profesionales que han participado en la saga la soberbia labor de actores y actrices que integran un espectacular reparto, desde todos y cada uno de los personajes secundarios como Plague (Tomas Köhler), Erika (Lena Endre) o la abogada Annika Giannini (Annika Hallin), hasta los dos protagonistas Michael Blomkvist y, sobre todo, Lisbeth Salander. El trabajo de todos ellos es de un realismo tan abrumador que pareciera los hemos visto en alguna parte en la vida real y, desde luego, no entiendo por qué no pueden ellos interpretar los mismos papeles en la versión norteamericana, si total parece que van a hacerlos otros extranjeros.

Asimismo es de elogiar toda la labor de los equipos técnicos del proyecto que ha trabajado en función de la historia, no destacando ninguno por encima de otro, especialmente el equipo de dirección artística y vestuario que no se han dejado llevar por el efectismo y la superficialidad y han acertado con unas localizaciones, decorados y vestuario no sólo reales, sino además absolutamente verosímiles. Justamente lo contrario que pasará en el remake norteamericano, sobre todo si finalmente es dirigida por el efectista, manierista (y todos los ‘istas’ que haya) director de los videoclips de Madonna, David Fincher.

Toda esta atención a la verosimilitud en el plano artístico no busca más que centrar la atención del espectador en la historia más que en cómo se cuenta, intentando que nos sintamos identificados con lo que ella sucede aunque no seamos ni suecos ni escandinavos, pues este tipo de historia, con más o menos variantes, podemos perfectamente adaptarla y ubicarla en cualquiera de nuestros países de origen. No hace falta dar nombres. Todas las sociedades y culturas del mundo tienen guerras pasadas, fantasmas ocultos o memoria histórica que los poderosos no quieren que sea destapada.

Publicado originalmente en EXTRACINE