lunes, 12 de julio de 2010

El retrato de Dorian Gray


Título original: Dorian Gray
Año: 2009
Nacionalidad: xxx

Dirección: Oliver Parker
Guión: Toby Finlay, basado en una novela de Oscar Wilde
Producción: Barnaby Thompson
Fotografía: Roger Pratt
Música: Charlie Mole
Montaje: Guy Bensley
Diseño de Producción: John Beard
Decorados: Niamh Coulter
Vestuario: Ruth Myers
Reparto: Ben Barnes, Ben Chaplin, Colin Firth, John Hollinggworth, Caroline Goodall, Jeff Lipman, Rachel Hurd-Wood,George Potts, Lisa Marie Cooke, Robert Johnston, Max Irons, Lily Garrett, Emily Phillips, Guillaume Grange, Andrew HarrisonMaryam d'Abo, Emilia Fox, Rebecca Hall, Johnny Harris, Douglas Henshall, Aewia Huillet, Noli McCool, Louise Rose, Hugh Ross, Fiona Shaw, David Sterne, Pip torrens, Jo Woodcock...

"Dorian Gray" la dolce vita en el siglo XIX 

El contundente principio de El retrato de Dorian Gray, con un flashforward en que vemos al protagonista cometiendo un crimen brutal constituye, de entrada, un impacto que parece indicar que la adaptación que vamos a presenciar de la novela de Oscar Wilde se desmarca con respecto a cualquier versión anterior. Podría hacerse otra lectura de este comienzo que vendría a convertirlo un mero reclamo con intención de mantener la atención de un espectador no interesado en las diferencias entre la época victoriana, la renovación y el cambio social efectuado por la Revolución Industrial y la incomprendida posición de los prerrafaelistas liberados por John Ruskin.

Dorian Gray (Ben Barnes) es un joven recién llegado a Londres tras haber heredado una gran fortuna. Sus primeras amistades en la gran ciudad son Basil (Ben Chaplin) y Henry (Colin Firth), pintor el primero y pervertido —de corazón más que de acción— el segundo. Juntos forman un bonito triángulo de amistad masculina que se materializa en una secuencia en la que Basil pinta a Dorian en un retrato en el que la influencia de Henry, al parecer, facilitará un pacto con el tiempo a causa del cual Dorian no envejecerá jamás, haciéndolo en su lugar el cuadro. No sólo eso, sino que el cuadro se convierte, literalmente, en el espejo del alma de Dorian Gray.

Ha nadie se le escapa la dificultad y el riesgo que conlleva la adaptación de cualquier novela, sobre todo si se trata de una como la de Oscar Wilde que, por corta que sea, encierra un sinfín de frases y juegos de palabras tan ingeniosas y originales que confieren a un libro, de apenas cien páginas, de una profundidad sin parangón. No es de extrañar que con un texto tan rico, a Oliver Parker le cueste cambiar palabras por imágenes y traducir The Portrait of Dorian Gray, la novela, en El retrato de Dorian Gray, la película. Y aunque he de decir que el filme no está mal y resulta un producto, en general, más notable que la media actual, hay que lamentar un excesivo cuidado con la palabra y la ambientación, descuidando los hechos y acciones que desarrollan la trama. Pero dado que tanto la obra de Wilde como la corriente de la época en la que se desarrolla la acción tenían como objetivo la búsqueda de la belleza a través del arte, espíritu que Parker trata de reproducir en su película incluyendo alusiones a todas las expresiones artísticas, me parece más adecuado comenzar mi recorrido por el aspecto visual de la obra.

Es innegable que el diseño de producción es absolutamente exquisito, como es habitual en este tipo de producciones y, en particular, en las de John Beard, un director artístico que iniciara su carrera de la mano de Monthy Pyton y desarrollara una trayectoria que incluye títulos como Brazil (1985, Terry Gilliam), Principiantes (Absolute Beginners, 1986, Julien Temple), La última tentación de cristo (The Last Temptation of Christ, 1988, Martin Scorsese), Erik, el vikingo (Erik the Viking, 1989, Terry Jones), The Browning Version (1994, Mike Figgis) o The Wings of the Dove (1997, Iain Softley). Siendo además londinense, Beard no debe tener mucho problema a la hora de hacer tan precisa reconstrucción de ese estilo victoriano de toda la primera parte de la película, que combina con los detalles artesanos y neomedievales introducidos con las revolucionarias ideas de William Morris, cuyos estampados típicos pueden apreciarse en la mayoría de tejidos que aparecen en la película.

Destacar la evocación al imaginario de Shakespeare, tan influyente en los prerrafaelistas a los que se alude en esa representación de Hamlet en la que Dorian conoce a su primer amor, Sybil (Rachel Hurd-Wood), que igual que Ofelia, acabará suicidándose en el río, tal y como es representada por John Everett Millais en su famoso cuadro, Ofelia muerta, aludiendo, además, al aspecto físico de La dama de Shalott, en el cuadro de otro prerrafaelista: John William Waterhouse. Me atrevería a decir que el mismo retrato pintado en el filme por Basil, alude al concepto pictórico de Millais, que si bien en un principio adornara sus retratos con numerosos elementos ornamentales de la naturaleza, acusara después una influencia de Velázquez, tal y como él mismo explicara en su artículo Pensamientos sobre el arte de hoy. Asimismo, se percibe la evolución de esta estética hacia el neogótico apuntado en algunos momentos, como el picnic improvisado por Emilly (Rebecca Hall) y Dorian, en donde el escenario recuerda la influencia de Ruskin.

Tamaño trabajo de reconstrucción artística, espacial y arquitectónica, no sería nada sin la luz apropiada, y si algo resplandece en El retrato de Dorian Gray, es sin duda la fotografía que aporta Roger Pratt, un característico cinematógrafo británico, que curiosamente también empezara con Monthy Python y coincidiera con John Beard en Brazil, aportando su expresionista uso de la luz y la sombra en filmes como Mona Lisa (1986, Neil Jordan), Batman (1989, Tim Burton), El rey pescador (The Fisher King, 1991, Terry Gilliam), Frankestein (1994, Kenneth Brannagh), Doce monos (Twelve Monkeys, 1995, Terry Gilliam) o algunas entregas del adolescente Harry Potter. Pocas dudas me caben sobre la cercana colaboración entre el director artístico y el de fotografía, para aunar sus esfuerzos en un trabajo con un resultado más que notable en la representación del Londres del siglo XIX.

El esfuerzo de Oliver Parker también se aprecia, se respira, emana y resplandece en algunos momentos, pero siento decir que no llega, se queda en el camino arrastrado por el peso del texto. Siendo además su problema creer que porque los personajes comentan los temas de los que pretende hablar: la dualidad entre el bien y el mal, la lucha interior frente a las tentaciones externas, la búsqueda por la eterna juventud contra el dramático envejecimiento que llega con la edad, la ausencia de correspondencia entre placer y felicidad, lo viejo frente a lo nuevo… Muchos —demasiados quizás— temas apuntados, pero ninguno desarrollado. Como diría William Goldman, “el diálogo y la trama es una de las partes menos importantes de cualquier película”, refiriéndose a que las acciones son también parte del guión. Y eso es precisamente lo que se hecha en falta en esta adaptación de la novela de Oscar Wilde, que las cosas se dicen pero, yo por lo menos, no las veo representadas en las acciones de los personajes.

Por mucho que se repita lo cínico y malo que es Henry, percibo tan sólo una fina y superficial capa de esa posible maldad. De hecho, lo que yo interpreto es que su comportamiento inicial se debe a la falta de experiencia y, quizás, a la envidia por haberse casado cuando parece ser que le hubiera gustado no hacerlo. No se entra en los motivos que le llevan a consumar su casamiento, a pesar de repudiar tanto ese estado civil, podríamos intuir que se trata de un homosexual reprimido o en el armario o lo que quieras, pero eso sería aportar más de lo que propone la historia por sí misma —la de la película, porque en la historia real, la de Oscar Wilde, todos sabemos cómo vivió su vida. Precisamente Henry sí cambia su actitud en cuanto nace su hija, lo que me lleva a entender que se trata de una personalidad empírica, carente de empatía y que sólo al convertirse en padre se apiada de las demás jóvenes, que podrían ser sus hijas. De hecho, al final se convierte en un padre coraje con tal de proteger a Emilly, a pesar de que ésta no entienda su actitud y le vuelva la espalda, cosa que Henry acepta con resignación.

Dorian tan sólo me parece un sociópata del siglo XIX —como si eso fuera poco. El desprecio que siente por la vida humana es, sin duda, lo peor de su personalidad, pero la manera en que estos episodios se retratan parecen estar justificados por la necesidad de salvaguardar su secreto, su tesoro maldito, su retrato. Oliver Parker parece querer ofrecer las muestras de su depravación a través de esas orgías en las que fornica con hombres y mujeres a la vez, haciendo uso y abuso de prácticas tan comunes hoy en día —y seguro que en aquellos— como el fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, bondage, bukake, facesitting, snowballing, candelabro italiano, sumisión, masoquismo, dominación… cuando en ninguna de las imágenes vemos que nadie es obligado a hacer nada que no quiera hacer. Lo más retorcido podría ser esa apuesta que hace con Dorian sobre el dos por uno, al acostarse con la madre y la hija. Pero tampoco me parece para tanto, un juego perverso, nada más, ningún vínculo emocional le une a la hija, con lo cual, tan sólo le obliga a un momento incómodo bajo la cama y le regala saber que su madre puede llegar tan lejos como ella.

En esa línea son mucho más perversos los juegos que mantienen la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont contra Madame de Tourvel en Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988, Stephen Frears) ---o en Valmont (1989, Milos Forman), en la que también interviene un joven Firth--- o cualquier otra de sus víctimas, a las que sí corrompen hasta convertirles en lo que son ellos mismos. Aquí, Dorian Gray, tan sólo las usa, para abandonarlas después a sus suerte, siendo cada uno responsable de sus actos y sin hacer uso de la fuerza, la coacción o la violación, tan sólo connivencia. Tampoco me parece tan perversa la maligna influencia de Henry en Dorian, representada visualmente cuando le ofrece un cigarrillo e intentando afianzar que su discípulo ha sucumbido a sus efectos cuando le regala la pitillera, marcando el inicio de su camino hacia un mundo de sexo, drogas, alcohol y perversión.

Tampoco percibo la recuperación de Dorian Gray en el último tercio de la película, subyugado, al igual que Henry, por la moderna y refrescante personalidad de Emily. El personaje que representa la revolución industrial —simbolizada en su cámara fotográfica—, la emancipación de la mujer, la ruptura con la estética victoriana —sólo tenemos que fijarnos en su vestuario— y todas las renovaciones que llegarían con el siglo XX. Puede que Emily le ayude a cuestionarse sus actos, pero nuevamente, no veo que reflexione sobre los errores del pasado, sino que sigue obcecado en que nadie vea su cuadro, en que nadie le vea tal y como es. El final de la película parece querer indicar el final de un movimiento, el de los prerrafaelistas, representado por Dorian, que fueron absorbidos por los modernistas, pero con un concepto diferente. Un tiempo en el que modernistas convivirían con los victorianos, representados por su padre, que vivirá en su mismo tiempo, pero con el que ya no mantendrá un contacto directo.

Probablemente influya en esta diferente percepción de los personajes en que las interpretaciones son desiguales, estando muy acertado Colin Firth en su personaje de Lord Henry Wotton, igualmente su amigo Basil Hallward encarnado por Ben Chaplin y, sobre todo, Rebecca Hall en la espléndida encarnación de Emily Wotton, quizás el personaje más fuerte y atractivo de la película. No resulta igual de acertado Ben Barnes que no es capaz de dotar de una, o alguna, personalidad a este Dorian Gray que no despierta en mi persona ningún sentimiento que no sea la indiferencia. Ni compasión ni empatía ni mera simpatía. Nada. Ausencia total. Ni siquiera apela su físico a mi percepción de belleza, que aunque entiendo que Oliver Parker ha intentado buscar un perfil de belleza andrógino, ambiguo, tan atractivo para hombre como para mujer, a mi, desde luego no me llega —aunque entiendo, y es evidente, que esta es una cuestión absolutamente subjetiva.

En cualquier caso, aunque sea propuesta desigual, no deja de ser interesante. Lamento que Oliver Parker, que tan bien se había acercado al mismo escritor en ocasiones anteriores, no haya estado en esta ocasión a la altura de su maravillosos equipo artístico.

Publicado originalmente en EXTRACINE