jueves, 21 de abril de 2011

Caperucita roja

Título original: Red Riding Hood
Año: 2011
País: EE.UU. & Canadá

Dirección: Catherine Hardwicke
Guión: David Johnson 
Producción: Michael
Fotografía: Ben
Música: Reinhold 
Montaje: Marcus
Diseño de producción: Robert
Dirección artística: Damien 
Decorados: Beverley 
Vestuario: Terry
Reparto: François Cluzet, Marion Cotillard, Benoît Magimel, Gilles Lellouche, Jean Dujardin, Laurent Lafitte… 

el poder de la sangre

No puedo negar que acudí con algún que otro prejuicio al pase de Red Riding Hood, no tanto por tratarse de una película dirigida por Catherine Hardwicke, conocida por ser la directora de Crepúsculo (Twilight, 2008), sino por abordar una historia que ya fuera adaptada espléndidamente por Neil Jordan en En compañía de lobos (In the Company of Wolves, 1984).

Pero la verdad es que lo mejor que se puede hacer con los prejuicios es arrojarlos al retrete y tirar de la cadena, por lo que a los veinte minutos de proyección me había rendido a la evidencia de que su aproximación al conocido cuento de los hermanos Grimm es completamente diferente a la anterior.

Donde la película de 1984 era un cuento de terror gótico que centraba todo su conflicto en la sexualidad, en los cambios del cuerpo que se desata con la llegada de la pubertad, esta es un romántico cuento de amor neogótico que centra su conflicto en los sentimientos, en las emociones que surgen con el despertar al torrente de emociones que se liberan con el amor. Y si por un lado Catherine Hardwicke se mantiene fiel al tono adolescente de Twilight, donde la película de vampiros tiene una estética fría y oscura, su película de hombres-lobo está repleta de luz y color.

Lo que también se agradece en Red Riding Hood es un estupendo reparto que encabezado por Amanda Seyfried, que se beneficia de la inestimable aportación de actrices femeninas como Virgina Madsen o Julie Christie. Es una pena que el sector masculino, no esté a la altura, enturbiando, prácticamente, la mitad de la película, a excepción, claro está de Gary Oldman, que nos regala otro malo malísimo de los que tanto disfruta interpretando.

Lamentablemente, la resolución de la película es terriblemente torpe y vulgar, convirtiéndose en los últimos minutos en una versión kitsch de una novela de Agatha Christie, en la que toda la acción y la intriga quedan reducidas a la clásica explicación de quién es el lobo y cómo y porqué atacó a sus víctimas, quedando el esfuerzo de la directora tan hecho trizas como las víctimas del lobo.

Publicado originalmente en EXTRACINE