martes, 4 de enero de 2011

El último bailarín de Mao


Título original: Mao’s Last Dancer
Año: 2009
País: Australia

Dirección: Bruce Beresford
Guión: Jan Sardi, basado en la autobiografía de Li Cunxin
Producción: Jane Scott
Fotografía: Peter James
Música: Christopher Gordon
Montaje: Mark Warner
Diseño de producción: Herbert Pinter
Dirección artística: Elaine Kusmischko, Nick Pill & Bernardo Trujillo
Decorados: Kerrie Brown
Vestuario: Anna Borghesi
Reparto: Bruce Greenwood, Kyle MacLachlan, Joan Chen, Cao Chi, Amanda Schull, Shuangbao Wang, Chengwu Guo, Wen Bin Huang, Aden Young, Madeleine Eastoe, Camilla Vergotis, Penne Hackforth-Jones, Jack Thompson, Christopher Kirby, Suzie Oteen, Liang Shu Guang, Wang Ye, Zhang Neng Neng, Xu Wan Shi, Yi Shao Wei, Zhan Hui Cong, Sun Ji Feng, Chai Zhi Xue, Zhang Chang Suo, Cheng Jie, Yang Zheng Nong, Zhang Wen Bin, Hoang Ferdinand…

si Billy Elliot hubiera sido chino


El cineasta australiano Bruce Beresfrod, nos ofrece en su última película, Mao’s Last Dancer, un emotivo intento de ofrecer una pieza de cine épico intimista, aunque dotado de una dosis de excesiva sensiblería que acaban por arruinar su coreografía.

Mao’s Last Dancer es una película maniquea que contrapone dos maneras de vivir: la comunista y la capitalista, pero en lugar de hacerlo con coherencia, pues algo bueno y algo malo habrá en ambas culturas, se limita a mostrar las carencias y abusos del comunismo, para contrastarlas con la fortuna y excesos de la vida en el capitalismo. De hecho, teniendo en cuenta que la acción de la película se desarrolla en los años setenta y ochenta, es curioso comprobar como algunas prácticas atribuidas a los comunistas, que podríamos concentrar en todo lo que sucede dentro del consulado chino, han sido adoptadas por los estadounidenses, que podríamos congregar, no sólo en los tiempos post 11-S, sino a todo el recorrido de la administración Bush (el padre, el hijo y el espíritu santo).

El mayor interés que ofrece Mao’s last Dancer es la fuerza de sus personajes y de la historia que nos cuenta, que proceden de la propia autobiografía de Li Cunxin (Cao Chi). Sin lugar a dudas, la misma perseverancia que muestra el bailarín para conseguir su objetivo es la que permite que el espectador permanezca sentado en la butaca. Porque quienes aportan más bien poco son su guionista, Jan Sardi, autor del guión de la excepcional Shine (1996, Scott Hicks), pero también de la sensiblera y previsible El diario de Noah (The Notebook, 2004, Nick Cassavetes); y su director, Bruce Beresford, autor de un gran puñado de filmes mediocres, que viera coronada con su carrera con el Oscar que recibió su película Paseando a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989), por la que él ni siquiera fuera nominado.

El problema con el guión es que sus fuentes afloran con excesiva evidencia. No sólo la presencia de la maravillosa Joan Chen nos remite a El último emperador (The Last Emperor, 1987, Bernardo Bertolucci), es que escoge contarnos el viaje de Lu Cunxin desde el momento que pisa suelo estadounidense para, a través de sucesivos flashbacks, mostrarnos lo que era su vida en China ofreciendo un propagandístico contraste entre la que está descubriendo en el país de las oportunidades.

Pero si en The Last Emperor, esta estructura encajaba con la tayectoria del protagonista para hacer coincidir el último raconto con el emperador convertido en jardinero, aquí se detienen a mitad de la película, precisamente con la secuencia del consulado, para olvidarse de ellos de ahí en adelante, prolongando el final de la película durante al menos 35 minutos. Estos 35 minutos (no es que los haya medido, pudieran ser 45 como 25), convierten la película en un precedente mucho más obvio, el de Billy Elliot (2000, Stephen Daldry), salvo que donde la película de Stephen Daldry era emotiva y emocionante, esta es sensiblera y sentimentaloide.

La dirección de Bruce Bereford es plana y torpe, se limita a colocar la cámara para que el bailarín realice sus piruetas en una planificación más televisiva que cinematográfica. Tampoco ayudan los cambios de tono que distribuye a lo largo de la película pues cuando en unos momentos parece que estamos viendo una película de Zhang Yimou, en otros parece que estamos en un telefilme de intrigas políticas, de repente en uno sobre la dificultad de las relaciones de pareja, o hasta en Fama (Fame, 1982-1987, Christopher Gore) ---la serie---, evidenciado una gran falta de personalidad como cineasta. Quizás debiera verdaderamente dedicarse a la televisión, muchos de sus filmes como Condenada (Last Dance, 1996), Camino al paraíso (Paradise Road, 1997) o Doble traición (Double Jeopardy, 1999), tienen esa misma vocación televisiva.

De cualquier manera, no debemos pasar de alto las espléndidas interpretaciones de todos y cada uno de los integrantes del reparto, desde Joan Chen, que se despoja de todo lujo y glamour con el que ha dotado a todos sus personajes desde The Last Emperor hasta la más reciente Deseo, peligro (Se, jie, 2007, Ang Lee), pasando por su enigmática interpretación de Jossy Packard en Twin Peaks (1990-1991, Mark Frost & David Lynch) para convertirse en una auténtica campesina más; hasta la breve pero eficiente intervención de Kyle MacLachlan —-mira Lynch otra vez; sin olvidarnos de la que considero la mejor de toda la película, la de Bruce Greenwood como el coreógrafo Ben Stevenson. Actor canadiense, Greenwood quizás haya pasado desapercibido para el gran público, a pesar de haber participado enfilmes comerciales como Deja Vu (2006, Tony Scott), Star Treck (2009, J.J. Abrams), Yo, robot (I, Robot, 2004, Alex Proyas) o Pasajero 57 (Passenger 57, 1992, Kevin Hooks), pero sus notables interpretaciones en filmes como I’m not There (2007, Todd Haynes), Truman Capote (2005, Bennet Miller), Conociendo a Julia (Being Julia, 2004, Itsván Szabó), Ararat (2002, Atom Egoyan), El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997, Atom Egoyan) o Exotica (1994, Atom Egoyan), le convierten en uno de los actores de reparto más interesantes de la cinematografía internacional.

A pesar de todo lo dicho, el visionado de Mao’s Last Dancer puede ser entretenido y hasta emocionante, no por casualidad se llevara el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Sao Paulo, pero quizás merezca la pena esperar a un futuro pase televisivo.

Publicado originalmente en EXTRACINE