domingo, 14 de octubre de 2012

El artista y la modelo


Título original: El artista y la modelo
Año: 2012
País: España

Dirección: Fernando Trueba
Guión: Jean-Claude Carrière & Fernando Trueba
Producción: Cristina Huete  
Fotografía: Daniel Vilar
Montaje: Marta Velasco 
Diseño de producción: Pilar Revuelta 
Vestuario: Lala Huete
Reparto: Caudia Cardinale, Götz Otto, Jean Rochefort, Aida Folch, Chus Lampreave, christian Sinnieger, Martin Gamet, Mateo Deluz… 

el pícaro mentiroso

Hay una secuencia en El artista y la modelo que sintetiza para un servidor las pretensiones de su director, Fernando Trueba, que se alzara con el premio al mejor director en el Festival de Cine Internacional de San Sebastián. Es el momento en que Marc Cros (Jean Rochefort), le enseña a Mercè a ver un dibujo. Una bella y delicada secuencia que sirve, a su vez, para delatar todas y cada una de las características de las que carece la película. Porque donde Rembrandt consigue una pequeña obra maestra a partir de su sencillez, Trueba consigue exactamente lo contrario con un ejercicio intenso y esmerado, pero que no llega a transmitir lo que verdaderamente pretendía.

Desarrollada a finales de la Segunda Guerra Mundial en Francia, la película ahonda en la relación que se establece entre una joven, que sirve como modelo provisional a un escultor que arrastra una crisis de inspiración para la creación artística. Precisamente el mismo planteamiento que se desarrollaba en La bella mentirosa (La belle noiseuse), la película dirigida por Jacques Rivette que fuera Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes en 1991, situándose también a mitad de camino entre otras obras que, igualmente, trataran de capturar o penetrar en los procesos de la creación artística como fueran El sol del membrillo (1992, Víctor Erice) o Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971, Luchino Visconti).

Las comparaciones siempre son antipáticas, pero cuando Antonio López, sin ser actor, era capaz de transmitir a la perfección su incapacidad para capturar la luz sobre un pomelo en El sol del membrillo, Jean Rochefort, con una larga trayectoria profesional a sus espaldas, no consigue más que parecer una especie de autómata sin mirada que se limita a recitar unos diálogos que ni siquiera parece entender. Una lástima porque, si bien el guión, escrito por Jean-Claude Carrière y el propio Trueba, es parco en acciones -siempre tienes la impresión de que va a desarrollarse alguna trama paralela que nunca termina de arrancar-, contiene algunos diálogos verdaderamente ingeniosos y originales.

También se acusa una excesiva levedad (por no decir falta de interés) tanto en la verosimilitud de algunas situaciones, como en la justificación del comportamiento de los personajes. Tanto la relación de Léa (Claudia Cardinale), una mujer llena de vida y energía, con un muermo como Marc, como el propio pasado de Mercè, que en ningún momento convence como rebelde que ayuda a gente a cruzar la frontera. Es posible que distraigan (en un sentido literal y en el figurado) algunos momentos de la película como las secuencias de los niños o el cura, que no terminan de aportar nada realmente, por lo que terminan molestando y restando importancia a la trama principal. Desde luego, se echa de menos que los personajes de Claudia Cardinale y Chus Lampreave no tengan una mayor presencia en la historia, tanto porque parecen mucho más interesantes que los de el escultor y su modelo, como por el excelente resultado que consiguen ambas actrices.

Por lo menos la fotografía de la película, primer trabajo como director de fotografía de Daniel Vilar, es realmente espectacular, pero ya saben aquello que se dice, que si estamos hablando de la fotografía en lugar del conflicto que plantea, es que nos hemos distraído un poco. Que es exactamente lo que le sucedió a un servidor que quedó, además, rematado con un final tan impostado como esos personajes y situaciones de la película, además de asombrado del uso de la música de Gustav Mahler, delatando su vinculación con la maravillosa Muerte en Venecia, en la que pasando poco o casi nada, se contaban muchísimas más cosas y resultaban más profundas. Exactamente igual que lo que transmite ese dibujo de Rembrandt.

Publicado originalmente en EXTRACINE