miércoles, 18 de julio de 2012

Hysteria


Título original: Hysteria
Año: 2011
País: Alemania, Francia, Luxemburgo & Reino Unido

Dirección: Tanya Wexler
Guión: Stephen Dyer & Jonah Lisa Dyer, según una idea original de Howard Gensler 
Producción: Tracey Becker, Judy Cairo & Sarah Curtis  
Fotografía: Sean Bobbitt
Música: Gast Waltzing
Montaje: Billy A. Campbell & Jon Gregory 
Diseño de producción: Sophie Becher 
Dirección artística: Bill Crutcher, Keith Slote & James Wakefield
Decorados: Charlotte Watts
Vestuario: Nic Ede
Reparto: Hugh Dancy, Maggie Gyllenhaal, Jonathan Pryce, Felicity Jones, Rupert Everett, Ashley Jensen, Sheridan Smith, Gemma Jones, Malcolm Rennie, Kim Criswell, Georgia Glen, Elisabet Johannesdottir, Linda Woodhall, Kim Selby, John Overstall, Ann Overstall Comfort, Jonathan Rhodes, Leila Schaus, Jules Werner, Maggie McCarthy, Michael Webber, Perry Blanks, Tobias Menzies, Davis Ryall, Anna Chancellor, David Schaal, Nicholas Woodeson, Ellie Jacob, Jack Kelly, Joan Linder, Dominic Borrelli, Jimmy de Brabant, Kate Linder, Corinna Marlowe, Thomas Dennis, Sylvia Strange… 

el que necesitaba el vibrador era él

A pesar de parecer antónimos, dos conceptos como machismo y feminismo no sólo no son opuestos, sino que pueden convivir en el espíritu de una misma persona, independientemente de que sea hombre o mujer. Según el diccionario de la RAE, si feminismo es un “movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”, machismo sería una “actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres”. Unos síntomas que, insólitamente y contra todo pronóstico parece padecer Tanya Wexler, la directora de Hysteria.

Ruego me perdonen si en algún momento se me cuela algún spolier, pero es que, así de entrada, no soy capaz de entender cómo esta directora no ha sido capaz de incluir una pizca de ironía al hecho de que los doctores Robert Balrymple (Jonathan Pryce) y Mortimer Granville (Hugh Dancy) hagan con la mano aquello que Molly (Sheridan Smith) hace con la boca. Al contrario, mientras ella no parece más que una ramera, una prostituta, una furcia cualquiera que hace lo que sea con tal de correrse -y que lo haga el otro-, ellos son retratados como hombres muy respetables, aunque se manchen las manos y hagan exactamente lo mismo que ella, sin correrse ellos, tal y como lo haría una auténtica profesional del sexo. Sin duda esta diferencia moral se produce porque mientras ella se divierte lo mismo que su cliente, ellos sólo están interesados en la retribución económica que van a percibir, así como en que su cliente retorne a su consulta.

Independientemente de que los hechos que se relatan sean más o menos fieles a la realidad, lo cierto es que la manera en la que está contada la película resulta sumamente inverosímil. Se contradice en aquella premisa que critica porque, mientras Charlotte Dalrymple (Maggie Gyllenhaal) defiende que lo que ellos llamaba histéricas sólo son mujeres mal folladas, en la secuencia de la demostración del vibrador se parece constatar que así es. Para postre, después de rebelarse este personaje como una mujer (forzadamente) moderna que toma sus decisiones y no se deja doblegar por el sexo opuesto, acaba finalmente rendida a los pies del que todos sabemos va a ser su hombre (que primero se enamorara de su hermana) desde el primer momento en que se cruzan, para terminar exactamente igual que en una película de Doris Day.

Si por una lado toda la ambientación de Hysteria está muy bien conseguida, su principal lacra está en su guión, que más que cinematográfico o incluso televisivo, parece propio de una obra de teatro en la que los límites de las unidades de tiempo, espacio y acción obligan a que los personajes expliquen al detalle todas y cada una de las decisiones que toman. Contribuye a reforzar la baja calidad del texto la ineptitud de un actor como Hugh Dancy, que no sólo no consigue ser natural en ningún momento sino que nunca logra hacer creer que es un auténtico médico, por mucho que le preocupen los gérmenes. Tampoco Jonathan Pryce estimula mucho con su presencia ni hace creíble un personaje cuyos trazos parecen realizados por un dibujante afectado de Parkinson.

Quizás por contraste, aunque seguro que por méritos propios, se agradecen las interpretaciones femeninas, comenzando con un delicioso y simpático Rupert Everett y su retrato de la marica inteligente, refinada e irónica del siglo XIX, o esa mujer tan culta pero sumisa de la misma época que hace Felicity Jones. Aunque sin duda quedan eclipsadas cada vez que aparecen en pantalla tanto Sheridan Smith en la piel de la única mujer que hace realmente lo que quiere, como, sobre todo, Maggie Gyllenhaal, que consigue llevarse la empatía del público en todo momento con su arrebatadora energía.

Histérica parece entonces la propia película que contradictoriamente parece realzar aquello que critica, no atreviéndose a fijar verdaderamente la atención por ese objeto que queda relegado a mero MacGuffin, y que si se descuidan, casi ni llega a aparecer en imagen: el vibrador. Si es que parece que todavía les da vergüenza nombrarlo: vibrador, vibrador, vibrador, vibrador…

Publicado originalmente en EXTRACINE