lunes, 22 de febrero de 2010

Up in the air

Título original: Up in the air
Año: 2009
Nacionalidad: EE. UU.
Dirección: Jason Reitman
Guión: Sheldon Turner & Jason Reitman, basado en una novela de Walter Kirn
Producción: Jeffrey Clifford, Daniel Dubiecki, Ivan Reitman & Jason Reitman
Fotografía: Eric Steelberg
Música: Rolfe Kent
Montaje: Dana E. Glauberman
Diseño de producción: Steve Saklad
Dirección artística: Andrew Max Cahn
Decorados: Linda Lee Sutton
Vestuario: Danny Glicker
Reparto: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick, Jason Bateman, Amy Morton, Melanie Lynskey, J. K. Simmons, Sam Elliott, Danny McBride, Zach Galifianakis, Chris Lowell, Steve Eastin, Marvin Young, Lucas MacFadden, Adrienne Lamping, Meagan Flynn, Dustin Miles...
mi tarjeta es más grande que la tuya
La respuesta cinematográfica a las épocas de crisis suele evidenciarse en 2 vertientes opuestas: un sector -el comercial- se inclina por ofrecer productos de evasión con los que el público se olvida -ellos creen- de sus problemas por un momento y pasa un rato entretenido; por otro lado está el sector -el independiente- que opta por ofrecer productos realistas que hagan tomar conciencia de la situación y reflexionar sobre sus causas y consecuencias. Up in the air se configura como un curioso híbrido entre estas dos opciones que, utilizando un envoltorio en forma de evasión -la comedia-, aprovecha para conducirnos hasta la reflexión gracias a su humor inteligente y su acercamiento naturalista y verosímil a una incómoda realidad.
Si bien es cierto que en 2002, Jason Reitman -hijo, por cierto, de Ian Reitman, el artífice detrás de comedias mucho menos intelectuales como fueran Los incorregibles albóndigas (Meatballs, 1979), Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), Los gemelos golpean dos veces (Twins, 1988), Dave, presidente por un día (Dave, 1993), Evolution (2001) o Mi super ex novia (My super ex-girlfriend, 2006)-, ya se planteaba realizar Up in the air, no parecía que el momento de auge económico que vivía el mundo mundial fuera el adecuado para plantear un filme de estas características. La actual recesión económica le hizo retomar su idea, pero más que para hablar de la crisis, para poder ubicar a sus protagonistas en un entorno adecuado y creíble. Porque la crisis no es el tema principal del filme sino el fondo en el que se desarrolla el verdadero asunto: la gestión emocional, por decirlo de una manera concreta -qué contemporáneo es el sustantivo gestión y qué bien encaja con el perfil de estos personajes.
Con gestión emocional me refiero a los sentimientos que deben canalizar todos los trabajadores que se enfrentan a su despido en esas frías e ingratas entrevistas -por cierto que la mayoría de ellas son despidos reales, pues con la excusa de rodar un documental  se colocaron cámaras en lugares donde se iban a producir el mismo tipo de despidos de los que habla el filme, por lo que no sólo naturalista y verosímil, hiperrealista vamos a decir al final-; las emociones que tienen que gestionar los amigos y familiares de los protagonistas que no entienden una forma de vida basada en el constante movimiento -realmente interesante la metáfora de las maletas llenas y vacías y cómo cambia el sentido según cambia el personaje emocionalmente-; y la de los propios protagonistas que estando perfectamente preparados para contener las embestidas de sus “víctimas”, no son capaces de canalizar con sensatez sus propias vidas, relacionarse con sus familias ni abordar una aproximación emocional sincera y sensible hacia sus novios, amigos con derecho a roce, parejas o como quieran denominarlo. Los eufemismos con los que se suele referir a las relaciones de parejas -dentro y fuera del filme- no esconde más que la inseguridad y el miedo a la soledad. Ryan se acoge a su derecho a permanecer soltero, sólo por miedo a quedarse solo. 
Una de las muchas virtudes del guión es el retrato que ofrece de los tres personajes protagonistas: Ryan Bingham, el sempiterno seductor que se empeña en afirmar que controla las riendas de su vida, sin percatarse que está preso de su superficialidad, su incapacidad emocional y una fachada de falsa seguridad -una curiosa proyección de la imagen que pudiera desprender el propio George Clooney-; Natalie Keener, que representa esas nuevas generaciones que creen que porque están recién salidas de la universidad y al día con las últimas tendencias pueden convertirse, sin más, en arrogantes colegas que desprecian la experiencia de una sólida trayectoria laboral, podría tratarse de otra proyección de la imagen que pueda desprender, en este caso, cualquier crepuscular como Anna Kendrick; y Alex Goran, interpretada por una espléndida Vera Farmiga, el único personaje que, con madurez y firmeza, lleva las riendas de su vida emocional y es el único personaje realmente sincero, tal y como pregona, una espléndida y no sexista representación de un tipo de mujer trabajadora y actual; totalmente opuesta a la que en su día representara Doris Day, cuyos personajes parecían trabajar sólo para encontrar un jefe que la retirara de la vida laboral. 
A través de una estructura sintética, en la que sólo al final descubriremos la tesis que defiende la película, los personajes van y vienen vestidos en su ropa de trabajo -disfrazando sus señas de identidad-, por aeropuertos y hoteles -lugares fríos e impersonales en los que pueden enmascarar sus sentimientos- aparentando una imagen que no es la suya, hablando de números y cosas nunca de personas y sentimientos y, en definitiva, viviendo sus vidas solos y en las nubes.