jueves, 4 de febrero de 2010

Teniente corrupto

Título original: Bad lieutenant: port of call - New Orleans
Año: 2009
Nacionalidad: EE.UU.
Dirección: Werner Herzog
Guión: William M. Finkelstein, basado en un guión de Victor Argo, Paul Calderon, Abel Ferrara & Zoë Lund
Producción: Stephen Belafonte, Nicolas Cage, Randall Emmett, Alan Polsky, Gabe Polsky, John Thompson & Edward R, Pressman
Fotografía: Peter Zeitlinger
Música: Mark Isham
Montaje: Joe Bini
Diseño de producción: Toby Corbett
Decorados: Luke Cauthern
Vestuario: Jill Newell
Reparto: Nicolas Cage, Val Kilmer, Eva Mendes, Jennifer Coolidge, Brad Dourif, Fairuza Balk, Michael Shannon, Shawn Hatosy, Denzel Whitaker, Shea Whigham, Xzibit, Tom Bower, Irma P. Hall, Lance E. Nichols, Katie Chonacas, Vondie Curtis-Hall, Brandi Coleman, Douglas M. Griffin, Lauren Pennington, Brandy Moon, Nick Gomez, Kyle Rissell Clements, J. D. Evermore, Marco St. John, Jillian Anderson, Deneen Tyler, Deena Beasley, Michael Wozniak, Topher Jones...

america, the beautiful
En principio, no estoy a favor de los remakes. Primero porque la mayoría de las veces son innecesarios, pocas son las veces que un director aborda un guión ya realizado para aportar algo más de lo que hiciera su colega previo, además de lo poco elegante del acto en sí, que es como decirle que no supo hacer bien su trabajo. Segundo porque no  suele ser más que una manera de sacarle rentabilidad a un producto de éxito asegurado, supuestamente, pues siempre se suelen hacer remakes de filmes que hicieran las delicias del público y fueran éxitos de taquilla. 
Teniente corrupto rompe con toda norma. No es que no crea que Werner Herzog no pueda a aportar nada a la historia que no contemplara en su día Abel Ferrara, lo excepcional es que haga un remake de un filme que no debe haber visto casi nadie. En su día la película de Ferrara, estrenada sólo en las grandes ciudades (yo mismo tuve que esperar a su pase televisivo en Canal +), pasó sin pena ni gloria para la gran mayoría del público, no así para la crítica que fue muy agradecida con el impactante y contundente trabajo del director neoyorkino, lo que nos lleva a deducir que los motivos para llevar a cabo esta nueva versión no deben ser comerciales. 
Aún así, lo más insólito del asunto es la elección del director escogido para el remake, el cineasta europeo, Werner Herzog, perteneciente al grupo de los jóvenes alemanes que surgieran tras el manifiesto de Oberhausen y que viviera su esplendor artístico en los años setenta con títulos como Aguirre, la cólera de Dios (1972, Aguirre, der Zorn Gottes), El enigma de Gaspar Hauser (1974, Jeder für sich und Gott gegen alle) o Nosferatu, vampiro de la noche (1979, Nosferatu: phantom der nacht); en los años ochenta su estilo languidece con rapidez y permanece prácticamente oculto, salvo alguna excepción, para resurgir en 1999 con un personal documental autobiográfico, Mi enemigo íntimo (Mein liebster Feind), en el que muestra la relación de amor y odio que ha mantenido con su actor fetiche: Klaus Kinski, y abriendo una nueva etapa en la que se centra en el formato documental. No parece que esta personal trayectoria le convierta en un paradigma de popularidad entre el público consumidor de palomitas actual. Lo mismo podría decirse de su predecesor, el cineasta neoyorkino Abel Ferrara, caracterizado por un cine violento, tanto física como psicológicamente, que le hiciera resplandecer en sus inicios con The driller killer (1979) y Ángel de venganza (Ms. 45, 1981), manteniendo una carrera coherente a lo largo de los ochenta y gozando de la bendición de la crítica y público especializados, justo tras su teniente, en títulos como Secuestradores de cuerpos (Body snatchers, 1993), The addiction (1995) y su éxito más aclamado hasta la fecha El funeral (The funeral, 1996).
El comienzo de Teniente corrupto parece indicar que el huracán Katrina y sus efectos en la ciudad de Nueva Orleans van a tener una influencia decisiva en el desarrollo del filme, más sólo sirve para ubicarnos en un tiempo y lugar concretos, y servir como excusa para resaltar la calidad humana de Terence McDonagh, que le hacen ser ascendido de sargento a teniente y provocan su descenso moral por la pendiente de la corrupción. En 1992, cuando Abel Ferrara estrenara su película, un personaje como el interpretado entonces por Harvey Keitel, no resultaba extraño ni chocante al público, era una época  en la que podíamos asimilar policías de esas características, pero en el año 2009, la crudeza y brutalidad con la que se muestra el personaje de Nicolas Cage extrañan, sobre todo frente a la ola puritana y conservadora que parece ahogarnos actualmente, luego esta ubicación temporal pudiera no ser gratuita. 
La exagerada y grotesca interpretación de Nicolas Cage no ayuda mucho a entrar en el filme -menos todavía la peluca que lleva cosida y que permanecerá impertérrita durante todo el metraje-, pero el naturalismo y la realidad de las situaciones hacen que nos sumerjamos de lleno en el ambiente de corrupción (física y moral) y nihilismo que invade al personaje. Ha esta verosimilitud contribuye el excepcional elenco de actores de reparto que no valoran el interés de sus personajes por su duración en pantalla y que siempre han tenido la astucia de compaginar proyectos comerciales de superproducciones de Hollywood con el más íntimo cine independiente. Encabeza la lista Val Kilmer, que ofrece una breve, intensa y convincente interpretación, que pone en evidencia la de Nicolas Cage; continuamos con Brad Dourif, encasillado en personajes extravagantes, borda a la perfección su personaje, dejando toda la excentricidad a Nicolas Cage; la estimulante Fairuza Balk que reincide en mostrarnos su capacidad para perturbar al espectador con el mínimo esfuerzo, otra lección para Nicolas Cage que necesita enseñar todo su abanico de ademanes para despertar un sentimiento; sorprendente la metamorfosis de Jennifer Coolidge, a quien, después de sus parodias de rubias ingenuas y explosivas, cuesta reconocer tras su realista caracterización demostrando que la peluca de Nicolas Cage no es del personaje sino suya, y sobre todo, la espléndida interpretación de Eva Mendes, absoluta y rabiosamente convincente y natural, todo lo contrario que la de Nicolas Cage. Podría repasar toda la lista de actores y actrices de reparto cuyas intervenciones se reducen a una, dos o tres secuencias, pero este comentario quedaría igualmente reducido a una simple lista de nombres que no haría más que reforzar la idea de que el único motivo para que Nicolas Cage sea el protagonista del filme se deba al hecho de que es, además, uno de sus productores.
Herzog plantea su relato en primera persona, sólo sabemos lo que sabe el personaje, aunque no lo que él sabe, sino lo que le pasa, porque, gracias a Dios, no hay ninguna voice over que nos explique sus pensamientos. Sólo podemos ser testigos de las mentiras, las alucinaciones y las insólitas acciones del teniente McDonagh y meditar acerca de la posibilidad de que siga un plan trazado o actúe por instinto de supervivencia o por azar, pareciendo quedar el filme reducido a un sencillo planteamiento ético sobre si el fin justifica los medios. Sin embargo, el final de la cinta, sí deja patente la opinión de Herzog, al constatar que los Estados Unidos de América forman un país en el que un policía corrupto es tratado como héroe, que unido a la ubicación temporal, nos lleva a pensar que la cinta esconde una crítica a la América representada por George W. Bush y su, dudosa y cuestionada, lucha contra el eje del mal. La última secuencia de la película (que no desvelaré) inclina, también, la balanza sobre el personaje de McDonagh, dejando clara su posición dentro del dilema ético antes mencionado. La estructura circular que abre y cierra el título con los ascensos del corrupto policía de sargento a teniente, y de teniente a capitán, no alumbra ninguna esperanza sobre una posibilidad de justicia.
Una vez constatada la relación crítica hacia el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos, sólo tenemos que hacer memoria y recordar quién era el presidente del país de los sueños y las oportunidades en 1992, año de producción de la versión de Abel Ferrara, y no era otro que George H. W. Bush, aclarando así la relación del remake con su original. Herzog establece un paralelismo entre ambos filmes y, sobre todo, entre sus políticas, no ya las de la familia Bush, sino las del partido Republicano, y adscribe su cinta, no a un género policíaco, sino dentro del más puro y crítico cine político.