martes, 4 de octubre de 2011

El árbol de la vida


Título original: The Tree of Life
Año: 2011
País: EE. UU.

Dirección: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Producción: Dede Gardner, Sarah Green, Grant Hill, Brad Pitt & Bill Pohlad 
Fotografía: Emmanuel lubezki
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Hank Corwin, Jay Rabinowitz, Daniel Rezende, Billy Weber & Mark Yoshikawa
Diseño de producción: Jack Fisk
Dirección artística: David Crank
Decorados: Jeanette Scott
Vestuario: Jacqueline West
Reparto: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Laramie Eppler, Tye Sheridan, Fiona Shaw, Jessica Fuselier, Nicolas Gonda, Will Wallace, Kelly Koonce, Bryce Boudoin, Jimmy Donaldson, Kameron Vaughn, Cole Cockburn, Dustin Allen, Brayden Whisenhunt, Joanna Going, Irene Bedard, Finnegan Williams, Michael Joeth, John Howell, Samantha Martinez, Savannah Welch, Tamara Jolaine, Julia M. Smith, Anne Nabors, Christiopher Ryan, Tyler Thomas, Michael Showers, Kimberly Whalen, Margaret Hoard, Wally Welch, Hudson Lee Long, Michael Dixon, William Hardy, Tommy Hollis, Cooper Franklin Sutherland, John Cyrier, Erma Lee Alexander, Nicholas Yedinak… 

existencialismo de bolsillo

Aunque sea un cineasta poco conocido para el gran público, a pesar de títulos relativamente recientes como La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998)  y El nuevo mundo (The New World, 2005), resulta obvio que un servidor no necesita que la última película de Terrence Malick venga avalada por la Palma de Oro en el festival de Cannes. Hubiera ido a verla de todas formas. Lo que resulta difícil es que, a pesar de que la película despliega una espectacular e impresionante colección de imágenes, tenga que admitir que The Tree of Life no sólo sea la película que menos me haya gustado de las que ha dirigido Terrence Malick, sino que no me ha gustado en absoluto.

No puedo negar que la fotografía de Emmanuel Lubezki es completa y absolutamente impresionante. Tampoco puedo decir nada en contra del fascinante y eficaz diseño de producción de Jack Fisk. Debo afirmar que, en mi primer encuentro cinematográfico con Jessica Chastain, he quedado bastante impresionado con su retrato de la mujer católica sumisa y sufridora, y que hasta Brad Pitt está realmente bien en la película como padre opresor que paga con sus hijos sus fracasos personales. Quizás el trabajo menos interesante sea el del siempre intenso Sean Penn, pero tan sólo por su breve aparición en la película, y porque probablemente ni él mismo sabía donde se estaba dirigiendo enfundado en un traje mientras deambulaba por el desierto. Cierto es que todos ellos quedan un tanto eclipsados por el sorprendente trabajo de los actores infantiles de la película, Tye Sheridan y Hunter McCraken, capaces de trasmitir las contradicciones de sus personajes, siendo de especial interés el trabajo del segundo.

Entiendo que cada cual vive su vida según sus propios límites éticos y morales. No dudo que cada espectador tendrá una interpretación propia de acuerdo a sus creencias religiosas. Pero cierto es que la mirada de Malick siempre ha estado ligada al panteísmo, al menos en sus cuatro primeras películas siendo desde mi punto de vista The Thin Red Line una película más ecológica que bélica. Pero la sensación que se va apoderando de un servidor tras concluir la película es la de que no ha asistido más que a las endebles, inconsistentes e insustanciales elucubraciones de un católico que se queja sin necesidad. Y no me estoy refiriendo a Terrence Malick, sino al protagonista de su película Jack O’Brien, que no parece haber tenido una infancia mucho peor que la de sus contemporáneos. Que no es que no le derecho a quejarse, pero la verdad es que todo parece más un exceso de autocompasión que otra cosa.

Mira que las películas de Terrence Malick suelen ser bastante cerradas a influencias, pero me atrevería a citar dos películas que planean por el subconsciente del cineasta de Texas. La primera sería Koyaanisqatsi (1982, Godfrey Reggio), el magnífico y esplendido alegato dirigido por Godfrey Reggio que denunciaba el desequilibrio entre el hombre y la naturaleza, que lleva a los humanos a destruir y arrasar no ya el planeta, sino que parecía estar en constante lucha contra su propia especie. Por otro estaría la contundente y controvertida obra de Gaspar Noé, Enter the Void (2009), que con una duración similar y yendo también de lo más particular -el útero materno- a lo más general -el cosmos y la creación de mundos y estrellas-, ofrecía una visión de la vida diametralmente opuesta. Lo curioso es que ambas obras parecen ser deudoras de una de las que fuera obra maestras de Stanley Kubrick, 2001: A Space Odyssey (1968).

Seguro que muchos tildaron de pretenciosa la obra de Kubrick en su momento, pero lo cierto es que con el paso de los años ha ido ganando en matices y profundidad. Por el contrario, la obra de Malick, a pesar de su mirada grandilocuente, parte de un concepto sencillo y carente de pretensiones, pero me atrevo a afirmar que el tiempo también irá poniendo su película en el lugar que le corresponde: entre la filosofía de a pie y el existencialismo de bolsillo.

Publicada originalmente en EXTRACINE