viernes, 10 de junio de 2011

El sicario de Dios


Título original: Priest 
Año: 2011
País: EE.UU.

Dirección: Scott Charles Stewart
Guión: Cory Goodman, basado en la serie de novelas gráficas de Min-Woo Hyung
Producción: Michael De Luca, Joshua Donen & Mitchell Peck
Fotografía: Don Burgess
Música: Christopher Young
Montaje: Lisa Zeno Churgin & Rebecca Weigold
Diseño de producción: Richard Bridgland
Dirección artística: Andrew Max Cahn, A. Todd Holland & Christa Munro
Decorados: Robert Greenfield
Vestuario: Ha Bguyen
Reparto: Paul Bettany, Karl Urban, Cam Gigandet, Maggie Q, Lily Collins, Brad Dourif, Stephen Moyer, Christopher Plummer, Alan Dale, Mädchen Amick, Jacob Hopkins, Dave Florek, Joel Polinsky, Josh Wingate, Jon Braver, Casey Pieretti, Theo Kypri, John Griffin, David Backus, Roger Stoneburner,David Bianchi, Tanoai Reed, Arnod Chon, Henry Kingi Jr., Austin Priester, Marilyn Brett, Kanin Howell, Julie Mond, Michael D. Nye, Reiner Schöne, Kevin T. McCarthy, Boyuen, Anthony Azizi, Pramod Kumar, Lafayette R. Dorsey Sr… 

entre la política y la religión

¿Saben aquello de donde dije digo, digo Diego? Pues es lo que voy a tener que aplicarme después de haber visto Priest, la segunda película de Scott Stewart después de la infame Legion (2009), en la que nos ofrece en esta adaptación de la novela gráfica de Min-Woo Hyung, una entretenida película, coherente consigo misma en lo que respecta a su estética y sus intenciones, pues quizás no sea una obra maestra pero, desde luego, tampoco pretendió nunca serlo.

Visto el mal resultado que tuviera en su película previa, Scott Stewart decide no inmiscuirse en la escritura del guión de Priest, dejando vía libre al debutante Cory Goodman, que se encarga de realizar la adaptación del manga original. Al no haberlo leído, desconozco si las referencias al cine de ciencia ficción de finales de los setenta y principios de los ochenta —-que no hace falta recordar pues vista la película son realmente obvios—-, proceden del material previo o han sido incorporados por el guionista, pero el caso es que ni siquiera llegan a molestar, viéndose en el contexto de la película como un homenaje cariñoso a ese tipo de cine, una revisión generacional y nostálgica, más que una estrategia para cubrir lagunas argumentales.

También es cierto que, además de recurrir a la estética del Western para dotar de identidad visual a esta ficción distópica, apoya la estructura del relato en uno de los mejores filmes de John Ford, Centauros del desierto (The Searchers, 1956), incluyendo datos subliminales que no llegaban ni a aportarse en la película original, aunque sí se sugerían. Esto permite a Scott Stewart abordar algunas secuencias con cierto sabor añejo, pero revestidas de una pátina contemporánea, perfectamente diseñada. Tanto el reparto del ritmo como como la planificación de las secuencias de acción son notablemente superiores que en su película precedente.

Lo malo es que esta estética prestada del Western, en la que incorpora la imagen del sheriff, sumada al concepto religioso inherente al título de la obra y su personaje protagonista —-que ya estaba presente en Legion, actor (Paul Bettany) y religión—-, parece indicar que sus creadores se encuentran en una peligrosa frontera que alinea la película dentro de un cine retrógrado, propagandístico y belicoso en el que los desagradables vampiros confinados en reservas, vendrían a equivaler, sin ningún tipo de dudas, a las reservas pobladas de indios nativos americanos, a los que se debe exterminar sin dilación.

Un concepto que, a un servidor, le resulta bastante molesto y antipático, y que choca con la idea religiosa de la película que parece dirigirse por el camino contrario. Me explico. Si vinculamos la película, dado su mensaje, con la derecha más retrógrada, lo cierto es que lo coherente sería defender la iglesia a brazo partido. Pero, finalmente, prevalece el mensaje de que el individuo debe rendir cuentas directamente a Dios, por encima de la manipulación a la que le somete la iglesia. Lo que me lleva a determinar que, si bien guionista y director tienen claros sus gustos audiovisuales, no parece que tengan muy claras sus ideas políticas y religiosas. Y lo menciono porque considero que son ellos los que lo incluyen en el discurso de Priest.

Por último, además de resaltar la labor de Richard Bridgland en un fabuloso diseño de producción que parece evocar los preceptos estéticos de los futuristas de Marinetti. Un movimiento ciertamente coherente con las tendencias políticas, agresivas y violentas del cine de Scott Stewart. Destacar, eso si, el placer del reencuentro con dos presencias míticas como son el siempre inquietante Brad Dourif y la belleza felina de Mädchen Amick, ambos vinculados al universo Lynch. El primero en filmes como Dune (1984, David Lynch), Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986, David Lynch) o Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990, David Lynch), y la segunda en Twin Peaks (1990-1991). Unas referencias perfectamente comprensibles, pero que evidencian el despieste de Scott Stewart pues el mensaje de David Lynch es completamente opuesto al suyo.

Publicado originalmente en EXTRACINE