sábado, 10 de abril de 2010

Las viudas de los jueves


Título original: Las viudas de los jueves
Año: 2009
Nacionalidad: España & Argentina
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras & Marcelo Piñeyro, basado en una novela de Claudia Piñeiro
Producción: Gerardo Herrero
Fotografía: Alfredo Mayo
Música: Roque Baños
Montaje: Juan Carlos Macías
Director artistico: Jorge Ferrari & Juan Mario Roust
Vestuario: Ana Markarián 
Reparto: Ernesto Alterio, Juan Diego Botto, Gloria Carrá, Ana Celentano, Camilo Cuello Vitale, Pablo Echarri, Adrián Navarro, Leonardo Sbaraglia, Vera Spinetta, Gabriela Toscano, Juana Viale...
el dinero ni da la felicidad ni ayuda, tan sólo disfraza la realidad
Las viudas de los jueves no se plantea como la reconstrucción de una época concreta ni de una situación específica, tampoco trata de aclarar los sucesos acontecidos en lo que se denominó el corralito que se produjo en el mes de diciembre de 2001 por imposición del gobierno de Fernando de la Rúa; más bien trata de ahondar en la psicología de unos personajes representativos de aquel tiempo, para intentar comprender cómo se dejaron arrastrar por el cinismo y las falsas apariencias y arrastraron a un país a un caos  como el que se produjo en Argentina al despuntar el siglo XXI.
La presentación de los personajes y sus conflictos, internos y externos, resulta, sin duda, demasiado larga -estoy hablando de los primeros treinta y cinco minutos del filme-, una sensación producida por una excesiva atención a la palabra y por la desmesurada precaución de establecer con claridad las relaciones de los personajes. Sin embargo, a partir de un momento concreto -el establecimiento visual, que no verbal, de la relación lésbica entre Carla y Teresa- Marcelo Pyñeiro permite que tanto sus personajes como sus imágenes hablen por sí mismos, fluyendo y flotando con suavidad, igual que los cuerpos de Tano, Martín y Gustavo en la piscina del primero, construyendo un relato intenso y contundente dirigido a un espectador inteligente e interesado en algo más que pasar un buen rato. 
El conjunto del relato está construido para forzar el análisis y la reflexión sobre personajes y acontecimientos desde el momento en que se establece el juego temporal de volver de atrás hacia adelante (o de adelante a atrás), intentando comprender lo que pasó o lo que va a pasar. Precisamente en la secuencia en la que se establece esa atracción de Teresa hacia Carla, se nos avisa de que no debemos dejarnos llevar por las palabras -no todo lo que se dice puede ser lo que se siente- ni por las acciones -no todo lo que se hace es fruto de decisiones aleatorias-, concediendo al espectador la posibilidad de valorar e interpretar las acciones de estos personajes y permitiendo la identificación con unos o con otros.
Otra característica que contribuye a la solidez del relato es esa estructura circular que comienza con la entrada en el country y concluye con la salida. Prácticamente toda la acción de la película se desarrolla dentro de ese particular ghetto en el que permanecen encerrados, literal y voluntariamente, los protagonistas, al contrario que aquellos aristócratas mexicanos de la película de Luis Buñuel, El ángel exterminador (1962), que no podían salir de su encierro psicológico. Si bien en el relato de Buñuel el encierro se repite indicando que la sociedad tiende a recaer en sus mismos errores, la propuesta de Pyñeiro tiene una aspiración más optimista, quedando abierta gracias a la decisión que toman Mavi, Ronnie, Juan y Trina, precisamente los personajes más maltratados dentro del relato, pero los únicos que aceptan sus responsabilidades y toman una decisión consciente, asumiendo sus riesgos y consecuencias.
La caracterización de los personajes es francamente exquisita, tanto la interna como la externa. Por un lado tenemos una concienzuda precisión dialéctica salpicada por esos  extranjerismos que delatan el snobismo de los personajes, por otro lado está la cuidada labor del equipo de maquillaje, de vestuario, de decorados y de dirección artística que consiguen una espléndida exactitud en el vestuario de cada uno de los protagonistas, en sus peinados, en los tatuajes de Clara -delatando que está realmente fuera de lugar-, en el (mal) gusto por la ostentación en casi todas las casas, en la evidente muestra de rebeldía en la habitación de Trina… y todo ello sin forzar ni la realidad ni la verosimilitud, sin pasarse, sin exagerar. Quizá las necesidades realistas del relato provoquen que la  fotografía de Alfredo Mayo pase desapercibida, una fotografía de una elevada temperatura que aporta una predominante de tonos azules, un color muy político. Pero la que no pasa desapercibida es la banda sonora, por molesta. Un soundtrack (que dirían Tano y sus colegas) previsible y facilona, preocupada por apuntar y acentuar los momentos de romanticismo con música cursi, los momentos de tensión con música de thriller, los momentos de relax con música chill-out; la banda sonora de Roque Baños está demasiado entregada al servicio de la película llegando a convertirse en molesta, más que expresiva o descriptiva.
Pero si algo destaca por su calidad, además de la labor de Marcelo Pyñeiro que sabe conjugar y aprovechar todos los elementos a su alcance para transmitirnos su punto de vista, es, sin duda, la de todos y cada uno de los integrantes del reparto liberados por una magnífica y excelentísima Ana Celentano, capaz de ocultar lo que piensa su personaje cuando lo necesita y dejarlo aflorar cuando le conviene, siempre dentro del relato, según las necesidades del personaje en cada momento que le hace manifestares fuerte y segura delante de Tano y delicada y sensible ante Clara. Detrás, pero no muy lejos le seguirían los adolescentes Vera Spinetta y Camilo Cuello Vitaje, auténticas revelaciones de la película y que representan esa nueva generación marcada por los errores de sus antecesores. Es obligatorio recalcar las interpretaciones de Leonardo Sbaraglia y Héctor Alterio, este último ya especializado en complejos personajes que navegan perdidos en la indecisión y la falta de carácter. En la cola quedaría Juan Diego Botto que no creo que pueda echarle la culpa a la corta duración de su personaje ni a que sea el último que se incorpora al relato, sino a su propia falta de recursos y carisma, que afectan gravemente la ausencia total de solidez de su personaje.