Producción: Paula Cosenza, Denise Gomes, Patricio Preira, Pablo Rovito & Fernando Sokolowicz
Reparto: Francisca Gavilán, Gabriela Aguilera, Daniel Antivilo, Stephania Barbagelata, Eduardo Burlé, Pablo Costabal, Thomas Durand, Roberto Farías, Vanesa Gonzalez, Luis Machín, Roxana Naranjo, Patricia Ossa, Christian Quevedo, Marcial Tagle…
y nos dejó con el corazón encojido
Ya con su ópera prima Andres Wood se diera a conocer internacionalmente consiguiendo una Mención Especial al Mejor Director Debutante en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián por Historias de fútbol. Ganador de un Goya a la mejor película Hispanoamericana por La buena vida, y nominado también por Machuca, el cineasta chileno parte como favorito para recoger el mismo galardón, en este mismo año en el que su película, Violeta se fue a los cielos, ha recibido el Gran Premio del Jurado a la Mejor Película Dramática Internacional en Sundance.
Violeta se fue a los cielos es un bopic sobre la polifacética artista chilena Violeta Parra. No te preocupes si no te gusta su música o el folklore chileno. Ni siquiera necesitas haber oído hablar de Violeta. Ni saber lo que hizo o lo que dejó de hacer. El guión de la película se encarga de fijar la atención sobre momentos muy puntuales de la vida de Violeta. Los mejores y los peores. Andrés Wood amplifica con elegancia y eficacia el relato elaborado por Eliseo Altunaga -colaborador habitual en los guiones de otras de sus películas. Ni juzga sus actos, ni toma partido por sus opiniones, permite que sea el espectador quien se forme su propia opinión sobre tan polémico y controvertido personaje.
A través de un relato no lineal en el que pasado y presente se intercalan sin orden aparente, conoceremos a Violeta tanto por sus actos, como por sus obras y las explicaciones que se le pidieran tanto sobre sus logros artísticos, como sobre sí misma. Uno llega a pensar que debió ser muy difícil convivir con Violeta, pero para todos los que tuvieron la suerte o desgracia de sentir tal experiencia, indiscutiblemente mereció la pena.
Es innegable la fabulosa aportación de Francisca Gavilán en su portentosa interpretación de Violeta. La entrega a su personaje es de tal magnitud que logra trascender el tiempo y, no utilizando ningún tipo de maquillaje, logra que el espectador no llegue ni a plantearse la edad de Violeta en ningún momento, trasmitiendo perfectamente su edad emocional a través de la intensidad de su interpretación.
Otro de las grandes virtudes de la película es que a pesar del tono visual árido y realista con el que se muestran algunas de las secuencias, Andrés Wood consigue transformar un relato que pareciera construido en una dura prosa en una obra absolutamente poética y deliciosa. Una obra cargada de sentimientos y emociones que perduran y aumentan con el paso del tiempo. Porque la capacidad emocional de Violeta se fue a los cielos convierte la película en una experiencia tan tierna y entrañable como desgarradamente salvaje, que cautiva nuestros sentidos y se agarra irremediablemente y con fuerza a nuestros corazones.
Producción: René BEsson, Boaz Davidson, Danny Dimbort, Avi Lerner, Trevor Short, David Winkler & Irwin Winkler
Fotografía: Andrezej Bartkowiak
Música: David Buckley
Montaje: Bill Pankow
Diseño de producción: Nathan Amondson
Dirección artística: Willliam Budge
Decorados: Kristin Bicksler
Vestuario: Judiana Makovsky
Reparto: Nicolas Cage, Nicole Kidman, Ben Mandelsohn, Liana Liberato, Cam Gigandet, Jordana Spiro, Dash Mihok, Emily Meade, Nico Tortorella, Brandon Belknap, Terry Milam, Tina Parker, David Maldonado, Nilo Otero, Simone Levin…
copiar y pegar sin complejos y mal
Si de mi dependiera, ya estaría enviando al FBI a las oficinas de Millenium Films, Nu Image FIlms y Winkler Films, principales responsables de producir Trespass. De la misma manera que detuvieron a los trabajadores de Megaupload, entiendo que deberían detener también a Joel Schumacher, director del bodrio, y Karl Gajdusek, principal responsable de haber robado idea, planteamiento, escenarios, personajes y hasta diálogos de la película española Secuestrados, que dirigiera Miguel Ángel Vivas según guión propio escrito junto a Javier García. Y aquí debería concluir la crítica de Trespass porque no hay nada más que decir, salvo que si la película española provocaba una tremenda sensación de angustia y terror en el espectador al evidenciarse la facilidad y rapidez con la que un grupo de desalmados eludían cualquier sistema de seguridad, queda claro que los estadounidenses saben perfectamente como encajar ese tipo de situaciones. ¡Ja!
Precisamente la primera sensación terrorífica que se experimenta en Trespass se produce en el momento en que ves el coche y la casa del protagonista, que provoca el efecto contrario que en Secuestrados pues estás deseando que les destrocen la cara. Pero, no. La cara ya la tienen destrozada porque la película está protagonizada por las dos momias peor restauradas de Hollywood: Nicol & Nicol (¿no se les habrá ocurrido formar un dúo musical?). Perdón por la broma, quería decir Nicolas Cage y Nicole Kidman. Sin duda los directores de casting de la película eran unos auténticos cachondos. Pero si los protagonistas con los que se supone que nos tenemos que identificar son un cuadro físico, no esperen mucho más del retrato psicológico de los chicos malos de la película. Auténticas caricaturas de camellos, drogadictos y enfermos mentales que con su torpeza todo les sale absolutamente mal.
Trespass brilla por su total ausencia de verosimilitud y lo peor de todo, por su empeño en explicar cosas innecesarias, que encima resuelve fatal. Todos y cada uno de los flashbacks con los que se nos tortura no sólo no aportan nada, sino que dejan clara la incapacidad de los artífices de la película para convencernos de nada. Lo pero de todo es que pretenden justificar sus motivos para convertirse en criminales de ultra pacotilla y que utilizan un discurso inconcebiblemente manipulador al recurrir a falsos flashbacks ¿debería denominar este recurso como una influencia nefasta de C.S.I.?
¿Y quien se va a creer que con esa cara ella solita iba a haber diseñado la casa? ¡Por favor! Si salta a la vista que no ha sabido diseñar su cara. ¿Cuando dicen que salen las nominaciones a los premios Razzie? Trespass tiene todos los boletos para arrasar en todas y cada una de las categorías, incluso hasta en la de copiar y pegar, porque no han sabido mantener las virtudes de una propuesta como Secuestrados. ¿Habrá nominación para el maquillaje y peluquería? ¡Que incluyan a los cirujanos, por favor! ¿Cuantos bodrios consecutivos tiene que hacer un director como Joel Schumacher para que dejen de contratarle?
Producción: Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard & Robert Lorenz
Fotografía: Tom Stern
Música: Clint Eastwood
Montaje: Joel Cox & Gary Roach
Diseño de producción: James J. Mirakami
Dirección artística: Greg Berry & Patrick M. Sullivan Jr.
Decorados: Gary Fettis
Vestuario: Deborah Hopper
Reparto: Leonardo DiCaprio, Josh Hamilton, Geoff Pierson, Cheryl Lawson, Kaitlyn Dever, Brady Matthews, Gunner Wright, David A. Cooper, Ed Westwick, Naomi Watts, Kelly Lester, Jack Donner, Judi Dench, Dylan Burns, Jordan Bridges, Jack Axelrod, Jessica Hecht, Josh Stamberg, Michael James Faradie, Christian Clemenson, Billy Smith, Armie Hammer, Michael Rady, Ken Howard, Scot Carlisle, Geoff Stults, Sadie Calvano, Allen Nabors, Ryan McPatlin, William Rebow, Jeffrey Donovan, Joseph Culliton, Scott Johnston, Tom Archdeacon, Mike Vaughn, Mikes Fisher, Stephen F. Schmidt, Dermot Mulroney, Josh Lucas, Zach Grenier, Johnny Ciocco, Denis O'Hare, Damon Herriman, Kahil Dotay, Lea Coco, Scott C. Roe, Ernst Harden Jr., Robert Bassin, Steve Monroe, Christopher Lee Philips, Sean Murphy, Stephen Root, Gary Werntz, David Clennon, Michael O'Neill, Eric larkin, Manu Intiraymi, Eric Frentzel, Michael Klinger, Shaun Daley, Emily Alyn Lind, Kyle Eastwood, Joe Bagg, Kye Palmer, Jason Harnell, Michael Gladis, Jamie LeBarber, Lea Thompson, Armanda Schull, Craig Zucchero, Gregory Hoyt, Jeff Cockey, Gerald Downey, Brennan Coulter, Jenny Phagan, Tom Christensen, Chris Caputo, Austin Basis, Adam Driver, Shannon McCain, Eric Mtheny, ary Katz, Dunacan Hood, Aaron Lazar, Ernest Heinz, Teresa Hegii, Thomas Langston, Robert Fleet, Joe Keyes, Christopher Shyer, Maxine Weldon, Larkin Campbell, Mark Thomason…
el monstruo era él
Nunca me atrevería a decir que se pudiera aprender historia con ningún cineasta. Está claro que cualquier filme de ficción, por muy basado en hechos reales que esté, nunca está exento de ser una aproximación subjetivida, incluso si es un documental o aunque estuviéramos hablando de un libro, incluso de historia. Pero gran parte de la filmografía de Clint Eastwood, al igual que la de Olive Stone, parece construida de grandes frescos que trataran de capturar la esencia de los momentos más característicos de la historia de su país. Si en el caso de Stone su visión de los Estados Unidos es mucho más sensacionalista que la de Eastwood, además de ubicarse en un análisis político diametralmente opuesto, la del director de J. Edgar es mucho más sosegada, analítica y, lo más interesante, reflexiva, lo que hace que sus obras sean mucho más interesantes.
A través de la deconstrucción (más que reconstrucción) de un personaje tan controvertido como el de J. Edgar Hoover (Leonardo DiCaprio), Clint Eastwood consigue deconstruir el sentimiento de lo que los estadounidenses consideran patriotismo. Para ello, en lugar de poner el acento en la parte profesional del personaje, lo hace en la personal -aunque estamos hablando de un individuo que vivió para su trabajo-, mostrando a una persona vulnerable, reprimida y temerosa de que saliera a luz su verdadera identidad. En definitiva, que todos le vieran como lo hace como su compañero inseparable Clyde Tolson (Armie Hammer): “un hombrecito horrible, miedoso y sin corazón”.
De la misma manera que los frescos de Giotto di Bondone en Las escenas de la vida de Cristo narraban cual viñetas diferentes episodios del Nuevo Testamento, Clint Eastwood contribuye a crear una unidad estética en su filmografía debido a la reiteración de colaborar con un mismo director de fotografía desde Blood Work, Tom Stern. Igualmente, la partitura compuesta por el propio Eastwood, contribuye a crear una especie de vínculo que une casi toda su filmografía más reciente, que responde a su manera concreta de entender la vida. Además, Clint Eastwood se une incuestionablemente a la liga de los auters, a la francesa, defendidos en los años sesenta por François Truffaut desde Cahiers du cinema, pues consigue hacer suyo el inteligente texto de Dustin Lance Black, que fuera ganador del Oscar por su guión de Milk.
En la paranoia de Edgar por buscar criminales donde no los hay, y de maneras bastante cuestionables e inmorales, podemos encontrar el síntoma de todo un país que, en su afán por convertirse en el más seguro del mundo, tan sólo ha conseguido posicionarse como el más odiado, no siendo, ni mucho menos, seguro. En el subtexto de la película subyace una profunda reflexión sobre la ideología, no tanto sobre la del personaje, sino sobre aquellos individuos que se niegan a evolucionar con el paso de los tiempos y no ven más que los mismos enemigos en objetivos diferentes. Casi podríamos aplicar al personje aquello de que “piensa el ladrón que son todos de su condición”, siendo esta la máxima de un país para el que todo lo que venga de fuera es un potencial enemigo. Lo que nos lleva al asunto de la represión, ya no sólo sexual, sino completamente personal de un individuo que estaba obsesionado con las apariencias, sin importarle, de hecho, cómo fueran las personas, sino aquello que transmitían. Por eso era capaz de despedir a una persona eficiente tan sólo porque utilizaba un traje demasiado llamativo.
Si llamativo y hasta notable es el esfuerzo de Leonardo Di Caprio, no deja de ser en todo momento un actor disfrazado y excesivamente maquillado que, curiosamente, pareciera pretender parecerse más al propio Clint Eastwood que a su personaje. Lo digo sobre todo por la modulación de su voz, particularmente cuando funciona a modo de narrador, cuya lentitud y cadencia parece emular a la de su director. Si las interpretaciones de Judi Dench y Naomi Wats son extraordinariamente precisas y contundentes, viendo en todo momento a sus personajes y nuca a las actrices -incluso en el caso de esta última con las capas de maquillaje que tiene que aguantar en una parte de la historia-, quien se destaca como un magnífico descubrimiento consiguiendo una interpretación llena de sutilezas es Armie Hammer como Clyde Tolson. La diferencia fundamental entre la interpretación de DeCaprio y la de Hammer es que mientras que el primero tiene que llegar a pronunciar las palabras para que sepamos lo que piensa, en el caso de Hammer no necesita hablar, sabiendo siempre lo que piensa y siente su personaje (¿quizás no le dijeron a DiCaprio que su personaje era homosexual como ocultaran a Charlton Heston cuando hizo Ben-Hur?)
Al igual que hiciera en Changelling o en Flags of Our Fathers, Clint Eastwood recurre nuevamente a las alusiones cinematográficas del período para mostrar la incidencia e influencia del cinematógrafo en la sociedad del siglo XX y viceversa, lo que unido a su cualidad de continuación con respecto a la historia estadounidense, coloca a su película dentro de el grupo de filmes de este año que volvieron la vista atrás en su reivindicación de los orígenes y precedentes del cinematógrafo.
Lo que Clint Eastwood también demuestra, no sólo con esta película, sino con todas las de su filmografía, no es su magnífica madurez intelectual, sino su capacidad para ponerse en el lugar del otro, cuyo ejemplo más claro sea el doble ejercicio que supuso Flags of Our Fathers y Letters from Iwo Jima, lo que hace que su reflexión y análisis, tanto sobre el individuo como sobre la sociedad de su propio país, mucho más fiable y certera que las efectistas aproximaciones de Oliver Stone, sin menospreciarlas en absoluto.
Producción: Brett Forbes, Julie Richardson & Patrick Rizzotti
Fotografía: Brandon Cox
Música: Jerome Dillon
Montaje: Alex Luna, James Mastracco & Howard E. Smith
Diseño de producción: Ernanno Di Febo-Orsini
Dirección artística: Michael Barton
Decorados: Marina Starec
Vestuario: Ashlyn Angel
Reparto: William Prael, Diane Ayala Goldner, Josh Stewart, Michael Reilly Burke, Andrea Roth, Karley Scott Collins, Madeline Zima, Haley Pullos, Daniella Alonson, Patrick Rizzotti, Jayme Suzonne Riser, Krystal Mayo, Michele Diane Pate, Nicole Antranette Fisher, Robert Wisdom, Joe Conger, Alex Feldman, Michael Showers, Todd Haberkom, Tom Gulager, Brett Forbes, Lee Cole, Hiro Koda, Jabari Beals, David Landsness, Jennifer Hilton Monroe, Gregory Alan Williams, Robyn Noble, Tommy K., Aero…
no es lo mismo serrar (saw) que collecionar
Más allá de su tráiler, poco más sabíamos de The Collector, al menos un servidor, que se estrena con un retraso de casi tres años en España. Se trata del debut como director de Marcus Dunstan, que fuera guionista de franquicias terroríficas (en su sentido literal y figurado) como Feast y sus secuelas, o se había encargado algunos de los guiones de las secuelas de la Saw, concretamente las que van desde su cuarta entrega hasta la séptima, además de Pianha 3DD. Todo esto siempre en colaboración de Patrick Melton. Y por lo que a mi respecta, podría perfectamente haber seguido viviendo sin saber absolutamente nada de su película.
Una cosa es retomar una serie como Saw, cuyas premisas estaban establecidas por otros guionistas, lo mismo le sucede con Piranha 3DD, pero otra muy diferente es iniciar, no ya un nuevo argumento, sino lo que se presupone como todo un nuevo formato que se pueda estirar y alargar, y en el que tan sólo se trata de reajustar una misma fórmula en un contexto diferente. Si la primera secuencia de la película, planteada con sencillez y rapidez resolutiva crea una expectación bastante efectiva, en cuanto surgen los títulos de crédito asoman las inequívocas señales de que nos encontramos ante un producto menor, o subterráneo, mucho más apropiado que underground.
En primer lugar, encuentro tremendamente irresponsable el uso asincrónico de temas rock y pop asociados a momentos tan espeluznantes como, por ejemplo, la secuencia en la que suena el tema Bela Lugosi’s Dead, interpretado por Bauhaus. Cierto es que es bastante habitual, no tanto en el cine, pero sí en la televisión, aprovechar canciones populares para hacer estéticos y confortables situaciones de por sí desagradables como el reconocimiento de la escena de un crimen o el proceso de autopsia de un cadáver. No se trata del mismo recurso utilizado por cineastas como, por ejemplo, David Lynch o Quentin Tarantino, que haciendo un uso igualmente asincrónico de la música su intención no estética, sino precisamente para provocar extrañeza e incomodidad en el espectador por la peculiar asociación de música e imágenes.
Entiéndase que no me estoy refiriendo en absoluto a la banda sonora de la película, sino al uso de temas musicales extradiegéticos del relato. Quizás pueda ilustrar las sensaciones que me provoca este desafortunado uso musical recurriendo a la incomodidad del drugo Alex en Clocockwork Orange, que se rebelaba ante la asociación de la novena sinfonía del divino Beethoven con aquellas imágenes de asesinatos, violaciones y genocidio. Quizás Marcus Dunstan tenga tan buen gusto musical como pésimo sentido del humor, o que quizás estuviera convencido de que iba a seducir al espectador con tan deplorable asociación audiovisual. Si probablemente no les falte razón a aquellos que piensen que quien carece de sentido del humor debe ser un servidor, tan sólo alegar que, precisamente, The Collector huye deliberadamente de cualquier código cómico, por lo que interpreto que el uso de las canciones es única y exclusivamente estético.
Si por un lado el ritmo de la película es realmente preciso y está perfectamente milimetrado para crear tensión en el espectador, es precisamente esa ausencia absoluta de sentido del humor que se detecta en la seriedad con la que se muestran ciertos aspectos del relato lo que provoca la caída en picado de la credibilidad del discurso. Si podría ser verosímil la existencia de un sociópata de las características del que aquí se retrata, no es nada creíble la rapidez y agilidad física con las que acondiciona a oscuras tal número de trampas y con la complejidad de elaboración como las que se muestran en la película. Y muchos menos, a la vez y en el tiempo en que otro individuo se cuela en la misma casa sin que su pericia y precisión se percaten de nada.
Todas estas carencias no responden únicamente a la falta de tablas de Marcus Dunstan como director, sino a la falta de consistencia del guión, tanto en la construcción de personajes como en la desmesurada espectacularidad con la que se quieren resolver la mayoría de las situaciones, colocándole como responsable junto a Patrick Melton, su colaborador, con el que vuelve a colaborar en su casi terminada secuela que responde al título de The Collection. No estoy en absoluto seguro de querer seguir esta colección.
Guión: Glenn Close, John Banville, & Gabriella Prekop, basado en el relato de George Moore
Producción: Glenn Close, Bonnie Curtis, Julie Lynn & Alan Moloney
Fotografía: Michael McDonough
Música: Brian Byrne
Diseño de producción: Patrizia von Brandenstein
Dirección artística: Susie Cullen
Decorados: Jenny Oman
Vestuario: Pierre-Yves Gayraud
Reparto: Jonathan Rhys Meyers, Aaron Johnson, Mia Wasikowska, Glenn Close, Brendan Gleeson, Janet McTeer, Mark Williams, Maria Doyle Kennedy, Brenda Fricker, Pauline Collins, Bronagh Gallagher, John Light, Antonia Campbell-Hughes, Phoebe Waller-Bridge, Annie Starke, Emerald Fennell, Kenneth Collard, Serena Brabazon, Jillian Reid, Kathleen Warner Yeates, Michael Hough, Daniel Costello, Jason Kiernan, Ben Connolly, Kevin Fisher…
cuando el género no importa
RodrigoGarcía ha desarrollado la mayor parte de su filmografía en torno al universo femenino, desde Things You Can Tell Just by Looking at Her hasta Mother and Child, pasando por Nine Lives. En su recorrido nos hemos encontrado con personajes heridos o castigados por sus circunstancias, pero siempre se trata de mujeres fuertes, dispuestas a entender y asimilar lo que les sucede, preparadas para afrontar el futuro. Estas mismas características las podemos apreciar en los personajes de Albert Nobbs, una película que protagoniza Glenn Close y en la que la actriz tiene tanto peso como el director, no sólo por que sea la protagonista, sino porque también la produce, además de participar en la adaptación, junto a John Banville, de la obra original que ella misma representara en los años ochenta.
El discurso de Albert Nobbs no se centra ni en un hombre ni en una mujer, sino en una persona que se siente sola. La abrumadora soledad que le embriaga trasciende tanto su género como su opción sexual en lo que se erige como la mejor defensa de la ausencia de género, puesto que sea hombre o mujer, Albert Nobbs se siente sólo, y sea cual sea su condición sexual, tan sólo pretende formar una familia. La fuerza del personaje que Glenn Close interpreta a las mil maravillas, no está en que es una mujer que se hace pasar por hombre, sino en que se trata de una persona que ha vivido tanto tiempo bajo la condición masculina, que ha llegado a asimilar de tal manera el comportamiento del género que aparenta que le ha llevado a relacionarse con otras personas de su mismo sexo de la misma manera en la que lo hace cualquier hombre.
Hasta tal punto es preciso y efectivo el retrato físico de Albert Nobbs, que cuando se viste de mujer es cuando realmente parece que está travestido, aunque la excelencia de Glenn Close asoma cuando muestra con asombrosa claridad la confusión emocional de su personaje, incapaz de entender su propia opción sexual. Pero no sólo Glenn Close está absolutamente espléndida, es que está secundada a la perfección tanto por Janet McTeer, como por Mia Wasikowska. Señalar asimismo la breve pero fabulosa labor de Bronagh Gallagher con un personaje que introduce el humor de una manera absolutamente deliciosa. Por que por muy dramática que pueda resultar la vida de Albert Nobbs, en su historia hay lugar para el humor. Quizás quien salga peor parado, por comparación, sea Aaron Johnson, que se tomó tan al pie de la letra que debía interpretar a un bruto que más que un hombre parece un simio lampiño, en oposición a la sutileza y calidad de las demás interpretaciones.
Por un lado pareciera que Rodrigo García jugara al despiste con el espectador, incorporando al reparto de su película presencias tan conocidas como las de Brendan Gleeson, Pauline Collins, Jonathan Rhys Meyers o Brenda Fricker, para que la mayoría de ellos tan sólo interprete personajes secundarios que, en algunos casos, apenas se dejan ver más de un minuto. Quizás es una manera de decirle al espectador que debe permanecer atento al relato, sin dejarse llevar por la imagen que algunos de ellos puedan aportar a sus personajes, pues Albert Nobbs está plagado de sutilezas a través de las que Rodrigo Garcia sugiere y apunta, pero nunca desvela, como por ejemplo ese niño que se queda mirando fijamente a Nobbs, igual que después hará con otro personaje.
Lástimas que todas las cualidades del relato no alcancen hasta la resolución de la historia que, si bien deja un final abierto para que el espectador decida lo que puede pasar a continuación, se precipita en una conclusión burda y repentina que emborrona el sensación emocional que ha transmitido la historia de Albert Nobbs, mermando la valoración global de toda la película.
Guión: Steven Zaillian, basado en la novela de Stieg Larsson
Producción: Ceán Chaffin, Scott Rudin, Soren Staermose & Ole Sondberg
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Trent reznor & Atticus Ross
Montaje: Kirk Baxter & Angus Wall
Diseño de producción: Donald Graham Burt
Dirección artística: Frida Aevidsson, Linda Janson, Pernilla Olsson, Tom Reta, Kajsa Severin & Mikael Varhelyi
Decorados: K.C. Fox
Vestuario: Trish Summerville
Reparto: Daniel Craig, Rooney Mara, Christopher Plummer, Stellan Skarsgard, Steven Berkoff, Robin Wright, Yorick van Wageningen, Joely Richardson, Geraldine James, Goran Visnjic, Donald Sumpter, Ulf Friberg, Bengt C.W. Carlsson, Tony Way, Per Myberg, Josefin Asplund, Eva Fritjofson, Moa Gerpendal, Maya Hansson-Bergqvist, Sarah Appelberg, Julian Sands, Anna Björk, Gustaf Hammarsten, Simon Reithner, David Dencik, Marcus Johansson, Mathilda von Essen, Mathias Palmér, Martin Jarvis, Inga Landgré, Reza Dehban, Anders Berg, Mats Andersson, Jürgen Klein, Kalle Josephson, Sandra Andreis, Arly Jover, Pierre Sjö Östergren, Tess Panzer, Alastair Duncan, Alan Dale, Julia Rose, Peter Carlberg, Jan Abramson, Lena Strömdahl, Matthew Wolf, Anne-Li Norberg, Leo Bill, Albrecht Marco, Martina Lotun, Anna Carlson, Yvonne Astrand, Fredrik Dolk, Christian Heller, Werner Biermeier, Christine Adams, Peter Hottinger, Joyce Giraud, Bengt Wallgren, Elodie Yung, Anna Charlotta Gunnanson, Andreas Björklund, Embeth Davidtz, Joel Kinnaman, Karen E. Wright, Leah Harshaw, George Gerdes…
media hora más para contar mucho menos
Lo primero que sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo no es la aproximación visual con la que David Fincher ha abordado el guión que Steven Zaillian ha elaborado a partir de la novela de Stieg Larsson, ni los puntos de vista y matices que el guionista de The Schindler List ha aportado a una historia que todos conocemos de sobra, ya sea porque vimos la película o la miniserie o leímos la novela hace tan sólo un par de años. No. Lo que más sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo es el descubrimiento de que en Suecia conviven sueco e inglés de la misma manera que lo hace el español con el vasco, el gallego y el catalán en el País Vasco, Galicia y Cataluña. Efectivamente, Steven Zaillian no ha realizado ningún cambio sustancial ni en los personajes ni en la ubicación de las acciones. Ni tan siquiera algo tan leve como que el periodista Mikael Blomkvist pase a llamarse Michael, siendo inglés o estadounidense, y justificando así que todo el mundo le hable en inglés. No. En Suecia, todos hablan inglés siempre y en todo momento, hasta cuando no hay ingleses delante.
Salvada esta primera sorpresa, cabría esperar que David Fincher, cineasta que proviene del mundo del videoclip y que ha creado filmes tan impactantes -para algunos- como Se7en o Fight Club-, fuera capaz de ofrecer algo más interesante visualmente que un planificación basada en plano-contraplano, muy similar a la que ofreciera Niels Arden Oplev en Män som hatear kvinnor, la película sueca. Lo cierto es que ambas resultan películas flojas, más o menos entretenidas, cuya fuerza o interés para continuar la proyección reside única y exclusivamente en el morbo del relato, pero que ninguno de los dos directores ha conseguido contar de una manera cinematográfica, tan sólo televisiva. No parece de hecho que la filmografía del sueco haya mejorado en absoluto, pero quizás esperaba algo más de un cineasta como David Fincher, tan cercano con sus obras previas a las posturas del futurismo cinematográfico.
Si quizás en una valoración comparativa me inclino más en favor de la película sueca, no es tanto por su calidad, sino por detalles de construcción del relato como enlazar a Mikael Blomkvist con Lisbeth Salander de una manera más natural, o porque consigue una involucración emocional con el espectador mucho más consistente en secuencias como las del tutor o, lo más importante, porque cuando termina, termina. La adaptación de Steven Zaillian consigue estirar insoportablemente la larga larga larga resolución de la película durante treinta minutos en los que no sólo no se aporta nada, sino que consigue desvirtuar el personaje de Lisbeth Salander con un comportamiento patético e incomprensible ¿Lisbeth firmando una tarjeta de Navidad? ¿Lisbeth enamorándose así de esta manera? Ah, claro, que es una película para estadounidenses.
No recuerdo si era exactamente igual en la película sueca, pero una de las cosas que más gracia me ha hecho es la ligereza con la que se autodenominan nazis algunos personajes en la película. Lo que me lleva a aquel lío en el que se vio envuelto Lars von Trieren el festival de Cannes, y que no viene a demostrar que no es lo mismo decir que eres nazi en Escandinavia que en Fracia. Quizás así algunos puedan entender que en los países nórdicos no es algo tan grave como para rasgarse las vestiduras.
Algunos esperábamos mucho de la banda sonora compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross, sobre todo después de que se llevaran un Oscar por su magnífica partitura para David Fincher en The Social Network. El caso es que en The Girl with the Dragon Tattoo no sólo pinchan estrepitosamente, sino que meten la pata hasta el fondo con una banda sonora que no aporta nada ni a la psicología de los personajes, ni a la atmósfera de la película. Quizás precisamente su mayor virtud sea la de pasar totalmente desapercibida.
No sucede lo mismo con las canciones que suenan de manera diegética dentro del relato, que consigue que, si uno ya encuentra raro que todos hablen en inglés siempre y en todo momento, te salgas de la película cuando suena una canción de Enya. Y no de su último álbum, no, sino aquel Orinoco Flow (Sail Away), que le hiciera tan famosa a finales de los años ochenta. Vale que se haya reeditado ha finales de los noventa, pero ¿acaso llega a hora a Suecia o los Estados Unidos? La canción es muy bonita, me encanta, pero no encaja ni en la historia ni el en momento que se escucha. Habría estado mejor un tema de ABBA, puestos a retorcer emocionalmente al espectador, o , por vinculación con Trent Reznor y alusiones nazis, mucho mejor Rammstein. ¡Dónde va aparar!
He dejado para el final a Rooney Mara. Lamentablemente para ella, y para el espectador, no sólo no consigue estar a la altura de Noomi Rapace, es que más que no llega a parecer algo más que una de esas adolescentes que son góticas un año y que, cuando le cambian de colegio o cuando se enfada con sus amigas, se vuelve la más pija del barrio o se une a cualquier otra tribu urbana con la que se cruce.
Reparto: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, Joh Goodman, James Cromwell, Penelope Ann Miller, Missi Pyle, Beth Grant, Ed Lauter, Joel Murray, Bitsie Tulloch, Ken Davitian, Malcolm McDowell, Basil Hoffman, Bill Siemaszko, Stephen Mendillo, Dash Pomerantz, Beau Nelson, Alex Holliday, Wiley M. Pickett, Ben Kurland, Katie Nisa, Katie Wallack, Hal Landon Jr., Cleto Augusto, Sarah Karges, Sarah Scott, Maize Olinger, Ezra Buzzington, Fred Bishop, Stuart Pankin, Andy Milder, Bob Glouberman, David Allen Cluck, Kristian Francis Falkenstein, Matt Skollar, Annie O'Donnell, Patrick Mapel, Matthew Albrecht, Harvey J. Alperin, Lily Knight, Tasso Feldman, Christopher Ashe, Adria Tennor, Cletus Young, J. Mark Donaldson, Brian J. Williams, Andrew Ross Wynn, Jen Lilley, Brian Chenoweth, Tim De Zam, Uggie, Niko Novick…
cine mudo no, pero un rato antiguo sí
¿Qué es un artista? Hay palabras que se devalúan con el paso del tiempo, originalmente y tal y como se recoge en el diccionario de la Real Academia Española un artista es una “persona dotada de la virtud y disposición necesaria para las bellas artes” o según otra acepción sería una “persona que actúa profesionalmente en un espectáculo teatral, cinematográfico, circense, etc, interpretando ante el público”. Durante muchos años, el uso y abuso de esta palabra por folclóricas cabareteras y personas de dudosa reputación cuya capacidad no pasaba más allá de llamar la atención, ha devaluado enormemente el significado de esta palabra. De tal manera es así que hoy en día casi es más artista el que llega a fin de mes, particularmente cuando lo hace sin dar un palo al agua, como la mayoría de los “artistas” que pueblan la televisión. Y esta misma devaluación es la que podemos aplicar a una película tan mediocre como The Artist.
Por mucho que Michel Hazanavicius reclame que tenía como modelo Sunrise o City Lights, obras maestra de Murnau y Chaplin, respectivamente, siento decir que su película dista muchísimo de alcanzar la eficacia de cualquiera de estos dos títulos o de otros de Stroheim o Lubitsch, que fueron capaces de desarrollar con creces el lenguaje cinematográfico. The Artist desprecia esta evolución para instalarse en la misma tesitura de todas aquellas producciones cinematográficas de la época del cine mudo que no han llegado a nuestros días, no porque se perjudicaran sus negativos, sino por su mala calidad artística.
Si la proyección ya es aburrida de por sí, angustiosa resulta acompañada de la insoportable partitura creada por Ludovic Bource, que al igual que el director de la película no toma en cuenta toda la historia de la música del siglo XX para reproducir, no la misma música que acompañaba la proyección las películas del cine mudo, sino la de las mimas películas mediocres que impresionaron a Hazanavicius. Tan sólo es posible salvar un fragmento, el que suena en el clímax de la última secuencia de la película, pero claro, no está compuesto por él, sino por Bernard Herrmann, que la compusiera originalmente para una de las obras maestras de Alfred Hitchcock: Vertigo.
Incomprensiblemente alabada y premiada ha sido la interpretación de Jean Duardin por encima de la de Bérénice Bejo, algo que no logro entender pues si ella es capaz de imprimir simpatía y sensibilidad a su personaje, él tan sólo consigue un personaje distante y antipático del que, al menos un servidor, no puede más que alegrarse de todas las desgracias que le suceden.
Al igual que ocurre con los remakes, que suelen gustar a los que nunca vieron el original, si nunca has visto ninguna película de Greta Garbo no te darás cuenta de la apropiación de una de sus frases míticas: “I want to be alone”, así como de aquella relación que la actriz mantuviera con John Gilbert -actor de moda en el cine mudo, venido a menos con el sonoro, al que la actriz exigió como protagonista para Queen Cristina- o intentan emular el aspecto físico de Gloria Swanson -que protagonizara en 1955 una de las obras maestras de Billy Wilder, Sunset Boulevard, en la que interpretara a una actriz del cine mudo olvidada con la llegada del sonoro-, obviando algún que otro anacronismo pues en The Artist pareciera que en 1930 todo el cine fuera directamente sonoro, cuando tan sólo fue el año que marca realmente el despertar, tras los primeros balbuceos de la películas de Alan Crosland, como Don Juan y The Jazz Singer, con la llegada de filmes internacionales como Sous le toit de Paris!, en Francia, Der Blaue Engel, en Alemania, o Hallelujah!, en los Estados Unidos.
De hecho, la única secuencia realmente interesante de toda la película, aquella en la que el protagonista evidencia que es incapaz de escuchar su propia voz, nos remite a un título posterior, Modern Times, dirigido por Charles Chaplin en un período en el que sí se rodaba ya todo con sonido, técnica a la que se resistió a sumarse hasta la década de los cuarenta con The Great Dictator. Lamentablemente, las posibilidades que ofrece este planteamiento diegético, que podría dar lugar a interesantes reflexiones metacinematográficas, es abandonado en favor de una historia previsible y excesivamente melodramática que hacen del espectador que aguanta la proyección completa el verdadero artista.