domingo, 15 de enero de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres


Título original: The Girl with the Dragon Tattoo
Año: 2011
País: EE. UU., Suecia, Reino Unido & Alemania

Dirección: David Fincher
Guión: Steven Zaillian, basado en la novela de Stieg Larsson
Producción: Ceán Chaffin, Scott Rudin, Soren Staermose & Ole Sondberg
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Trent reznor & Atticus Ross
Montaje: Kirk Baxter & Angus Wall
Diseño de producción: Donald Graham Burt
Dirección artística: Frida Aevidsson, Linda Janson, Pernilla Olsson, Tom Reta, Kajsa Severin & Mikael Varhelyi
Decorados: K.C. Fox
Vestuario: Trish Summerville
Reparto: Daniel Craig, Rooney Mara, Christopher Plummer, Stellan Skarsgard, Steven Berkoff, Robin Wright, Yorick van Wageningen, Joely Richardson, Geraldine James, Goran Visnjic, Donald Sumpter, Ulf Friberg, Bengt C.W. Carlsson, Tony Way, Per Myberg, Josefin Asplund, Eva Fritjofson, Moa Gerpendal, Maya Hansson-Bergqvist, Sarah Appelberg, Julian Sands, Anna Björk, Gustaf Hammarsten, Simon Reithner, David Dencik, Marcus Johansson, Mathilda von Essen, Mathias Palmér, Martin Jarvis, Inga Landgré, Reza Dehban, Anders Berg, Mats Andersson, Jürgen Klein, Kalle Josephson, Sandra Andreis, Arly Jover, Pierre Sjö Östergren, Tess Panzer, Alastair Duncan, Alan Dale, Julia Rose, Peter Carlberg, Jan Abramson, Lena Strömdahl, Matthew Wolf, Anne-Li Norberg, Leo Bill, Albrecht Marco, Martina Lotun, Anna Carlson, Yvonne Astrand, Fredrik Dolk, Christian Heller, Werner Biermeier, Christine Adams, Peter Hottinger, Joyce Giraud, Bengt Wallgren, Elodie Yung, Anna Charlotta Gunnanson, Andreas Björklund, Embeth Davidtz, Joel Kinnaman, Karen E. Wright, Leah Harshaw, George Gerdes… 

media hora más para contar mucho menos

Lo primero que sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo no es la aproximación visual con la que David Fincher ha abordado el guión que Steven Zaillian ha elaborado a partir de la novela de Stieg Larsson, ni los puntos de vista y matices que el guionista de The Schindler List ha aportado a una historia que todos conocemos de sobra, ya sea porque vimos la película o la miniserie o leímos la novela hace tan sólo un par de años. No. Lo que más sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo es el descubrimiento de que en Suecia conviven sueco e inglés de la misma manera que lo hace el español con el vasco, el gallego y el catalán en el País Vasco, Galicia y Cataluña. Efectivamente, Steven Zaillian no ha realizado ningún cambio sustancial ni en los personajes ni en la ubicación de las acciones. Ni tan siquiera algo tan leve como que el periodista Mikael Blomkvist pase a llamarse Michael, siendo inglés o estadounidense, y justificando así que todo el mundo le hable en inglés. No. En Suecia, todos hablan inglés siempre y en todo momento, hasta cuando no hay ingleses delante.

Salvada esta primera sorpresa, cabría esperar que David Fincher, cineasta que proviene del mundo del videoclip y que ha creado filmes tan impactantes -para algunos- como Se7en o Fight Club-, fuera capaz de ofrecer algo más interesante visualmente que un planificación basada en plano-contraplano, muy similar a la que ofreciera Niels Arden Oplev en Män som hatear kvinnor, la película sueca. Lo cierto es que ambas resultan películas flojas, más o menos entretenidas, cuya fuerza o interés para continuar la proyección reside única y exclusivamente en el morbo del relato, pero que ninguno de los dos directores ha conseguido contar de una manera cinematográfica, tan sólo televisiva. No parece de hecho que la filmografía del sueco haya mejorado en absoluto, pero quizás esperaba algo más de un cineasta como David Fincher, tan cercano con sus obras previas a las posturas del futurismo cinematográfico.

Si quizás en una valoración comparativa me inclino más en favor de la película sueca, no es tanto por su calidad, sino por detalles de construcción del relato como enlazar a Mikael Blomkvist con Lisbeth Salander de una manera más natural, o porque consigue una involucración emocional con el espectador mucho más consistente en secuencias como las del tutor o, lo más importante, porque cuando termina, termina. La adaptación de Steven Zaillian consigue estirar insoportablemente la larga larga larga resolución de la película durante treinta minutos en los que no sólo no se aporta nada, sino que consigue desvirtuar el personaje de Lisbeth Salander con un comportamiento patético e incomprensible ¿Lisbeth firmando una tarjeta de Navidad? ¿Lisbeth enamorándose así de esta manera? Ah, claro, que es una película para estadounidenses.

No recuerdo si era exactamente igual en la película sueca, pero una de las cosas que más gracia me ha hecho es la ligereza con la que se autodenominan nazis algunos personajes en la película. Lo que me lleva a aquel lío en el que se vio envuelto Lars von Trier en el festival de Cannes, y que no viene a demostrar que no es lo mismo decir que eres nazi en Escandinavia que en Fracia. Quizás así algunos puedan entender que en los países nórdicos no es algo tan grave como para rasgarse las vestiduras.

Algunos esperábamos mucho de la banda sonora compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross, sobre todo después de que se llevaran un Oscar por su magnífica partitura para David Fincher en The Social Network. El caso es que en The Girl with the Dragon Tattoo no sólo pinchan estrepitosamente, sino que meten la pata hasta el fondo con una banda sonora que no aporta nada ni a la psicología de los personajes, ni a la atmósfera de la película. Quizás precisamente su mayor virtud sea la de pasar totalmente desapercibida.


No sucede lo mismo con las canciones que suenan de manera diegética dentro del relato, que consigue que, si uno ya encuentra raro que todos hablen en inglés siempre y en todo momento, te salgas de la película cuando suena una canción de Enya. Y no de su último álbum, no, sino aquel Orinoco Flow (Sail Away), que le hiciera tan famosa a finales de los años ochenta. Vale que se haya reeditado ha finales de los noventa, pero ¿acaso llega a hora a Suecia o los Estados Unidos? La canción es muy bonita, me encanta, pero no encaja ni en la historia ni el en momento que se escucha. Habría estado mejor un tema de ABBA, puestos a retorcer emocionalmente al espectador, o , por vinculación con Trent Reznor y alusiones nazis, mucho mejor Rammstein. ¡Dónde va aparar!

He dejado para el final a Rooney Mara. Lamentablemente para ella, y para el espectador, no sólo no consigue estar a la altura de Noomi Rapace, es que más que no llega a parecer algo más que una de esas adolescentes que son góticas un año y que, cuando le cambian de colegio o cuando se enfada con sus amigas, se vuelve la más pija del barrio o se une a cualquier otra tribu urbana con la que se cruce.

Publicado originalmente en EXTRACINE