domingo, 21 de abril de 2013

Un plan perfecto


Título original: Gambit
Año: 2012
País: EE.UU.

Dirección: Michael Hoffman
Guión: Ethan y Joel Coen
Producción: Mike Lobell, Rob Paris & Adam Ripp  
Fotografía: Florian Ballhaus
Música: Rolfe Kent
Montaje: Paul Tothill
Diseño de producción: Stuart Craig
Dirección artística: Neil Lamont & Hattie Storey
Decorados: Edward McLoughlin & Stephenie McMillan
Vestuario: Jenny Beavan 
Reparto: Cameron Diaz, Alan Rickman, Stanley Tucci, Colin Firth, Cloris Leachman, Tom Curtenay, Senem Temiz, Anna Skellern, Togo Igawa, Chillie Mo, Gerard Horan, Greg Bennett, Erica LaRose, Sarah Goldberg, Silvia Crastan, Ekaterina Botziou, Tanroh Ishida, Graham Curry, Simone Liebman, Mike Noble, Filipo Delaunay, Frank Stone, Masashi Fujimoto, Martin Poole, Gary Swan, martyn Moore, Cade Borek, Spencer Cummins, Luke Borek, Cara Bamford, Tina Borek, Stephen Brocklehurst, Peter Brown, Eva Dagoo, Charlotte Eaton, Luc Eden, Andy Evason, Shonn Gregory, Will D. Barnes III, Tommie Earl Jenkins, Albert Fry Jr., Paul Leonard, Teresa Mahoney, Henry Monk, Brian Niblett, Terry Dale Parks, Kelly Ruble, Santi Scinelli, Sebastian Tarlach, Sadao Ueda, Eva Von Mitzka, Kenji Watanabe, Jon Wennington… 

tan falsa como un cuadro de Monet pintado por Milli Vanilli



Si la expresión 'sensaciones contradictorias' podría expresar lo que experimenté en la proyección de la última película protagonizada por Cameron Diaz y Colin Firth, a la hora de escribir la crítica de Gambit, lo que me invade es una enorme 'sensación de engaño'. Pero no por que ese plan perfecto al que alude el título en español de la película haya dado resultado, sino por la perplejidad que me produce comprobar que estoy hablando de una película cuyo guión está escrito por los hermanos Joel y Ethan Coen. Está claro que en la vida de todo cineasta debe haber algún momento liviano, pero si Gambit excede de lejos los límites del buen gusto y la elegancia que se supone debería haber tenido una película de estas características, también se estrella de lleno si pretendía ser graciosa y entretenida.

Si los hermanos Coen pretendían recuperar la estructura de aquellas comedias alocadas, tipo La fiera de mi niña (Bringing up Baby) -cita incluida en la película por obra y gracia de un león-, han fracasado estrepitosamente en el intento. Su relato es excesivamente simple, incomprensiblemente previsible y prodigiosamente olvidable. Más que estereotipos, es como si los personajes británicos estuvieran escritos desde el prejuicio estadounidense, mientras que los americanos parecen fruto del prejuicio europeo más odioso. Si el desarrollo del relato resulta excesivamente previsible, los supuestos momentos de humor no terminan por justificar el bajo nivel general de una película que da la sensación que has visto ya muchas veces.

Si Michael Hoffman pretendía retomar el espíritu de las películas dirigidas por Blake Edwards, tipo The Party, no sólo fracasa, sino que más parece un intento de suicidio. Su aproximación visual es tan aburrida como el guión de la película, consiguiendo ser grosero en situaciones que Edwards habría resuelto de una manera mucho más simpática, quizás siendo más descarado pero nunca ordinario. Da la impresión de que le falta atreverse, lanzarse a experimentar con sus actores alguna manera de resolver las situaciones que permita que funcionen de la misma manera la bromas orales que las visuales (lo de Colin Firth en la cornisa del Hotel sin pantalones da vergüenza ajena). Algo que tampoco nos pilla de sorpresa tratándose del director de filmes, más o menos interesantes pero tan convencionales, como Restoration, One Fine Day, A Midsummer Night's Dream o The Last Station. Cierto es que en sus inicios nos diera una película tan graciosa como Soapdish, lo que todo indica que estamos hablando de un cineasta capaz de proporcionar películas interesante, sólo a partir de buenos guiones, y mediocres, si el guión no está tan a la altura.

El caso es que los actores sí parecen haber estado dispuestos a dar todo lo mejor de sí mismos. Arrojos no le faltan a Cameron Diaz, lo ha demostrado sobradamente a lo largo de toda su filmografía. Sí da la impresión de que Colin Firth estuviera intentando dar un cambio de registro, aunque quizás sea a quien más le cueste soltarse, en consonancia con su personaje. Pero lo mejor de Gambit es, Alan Rikman, totalmente suelto y liberado en ese fabuloso y odioso personaje, digno tanto de La fiera de mi niña como de El guateque. Si no soporto a Stanley Tucci, ni aquí ni en casi ningún sitio, quien se merece una mención aparte es la entrañable Cloris Leachman, antigua colaboradora de las películas de Mel Brooks, que interpreta aquí la abuela Merle.

Me sorprende que en los títulos de crédito de la película no haya mención alguna a la película homónima de 1966, protagonizada por Shirley MacLaine, Michael Caine y Herbert Lom, y dirigida por Ronald Neame, según un guión de Sidney Carroll, Alvin Sargent y Jack Davies. Esta ausencia vendría a justificar esa ranciedad que se emana de todos y cada uno de los fotogramas de la película, que parecen reproducir el esquema estético de una película propia de los años sesenta. Lo mismo sucede con la partitura compuesta por Rolfe Kent, que parece emular deliberadamente las del magnífico Henry Mancini. El problema es que ya no estamos en los años sesenta y presumo que quizás habrían tenido alguna posibilidad, con un servidor, de haber desarrollado la acción en aquella época, pero no en esta.

Pero lo cierto es que se lo tienen merecido, ¿quien les manda a los hermanos Coen meterse en más remakes después de la experiencia tan negativa que supuso la nefasta The Ladykillers?

Publicado originalmente en EXTRACINE