miércoles, 22 de agosto de 2012

Hara-kiri, muerte de un samurái


Título original: Ichimei
Año: 2011
País: Japón & Reino Unido

Dirección: Takashi Miike
Guión: Kikumi Yamagishi, basado en una novela de Yasuhiko Yamagishi
Producción: Toshiaki Nakazawa & Jeremy Thomas  
Fotografía: Nobuyasu Kita
Música: Tyûichi Sakamoto
Montaje: Kenji Yamashita 
Dirección artística: Yuji Hayashida
Vestuario: Kazuko Kurosawa
Reparto: Kôji Yakusho, Naoto Takenaka, Eita, Hikari Mitsushima, Ebizô Ichikawa, Kazuki Namioka, Munetaka Aoki, Hirofumi Arai, Takashi Sasano, Ayumu Saitô, Goro Daimon, Baijaku Nakamura, Ippei Takahashi, Yoshihisa Amano… 

el honor como venganza

Es una verdadera pena que las películas dirigidas por Takashi Miike no tengan una mayor (y mejor) distribución internacional. Si en principio puede que destacara por sus inquietantes y estremecedoras cintas de terror, hoy en día se ha convertido, al menos para un servidor, en un cineasta de referencia en cualquier género. No sé si es lo único que desarrolla en estos momentos en su filmografía, pero tras un jidaigeki como la fabulosa Trece asesinos (Jûsan-nin no shikaku, 2010), nos llega ahora otro no menos interesante con el título de Ichimei, Hara-kiri: Death of a Samurai para el mercado internacional.

Se trata de una nueva versión de una novela de Yasuhiko Yamagisho, que ya fuera llevada al cine en 1962 por Masaki Kobayashi y se llevara el premio especial del jurado en Cannes. Quizás esta nueva versión haya pasado desapercibida a su paso por el último festival francés, pero al menos quedará distinguida como la primera que se ha exhibido en competición en 3D. Y es una pena porque, pareciera que el director de Audition tuviera mejores resultados, en lo que a premios en festivales se refiere, con aquel cine tan histriónico y manierista que con estos estimulantes ejercicios de serenidad visual a los que nos somete con sus películas de época.
Más que un drama, Ichimei está más cerca de los parámetros de la tragedia griega, alcanzando cotas de tortura emocional comparables incluso a los ejercicios dogmáticos de Lars Von Trier en filmes como Rompiendo las olas o Bailar en la oscuridad. Sin llegar a tanto, pero rozando por milímetros las mismas heridas. Es posible que en occidente no tengamos el mismo concepto del suicidio que en oriente, pero cualquiera puede ponerse en la época y el lugar de los personajes para entender la pureza de su acto. En concreto, Takashi Miike consigue que incluso el espectador occidental entienda a la perfección la nobleza de Motome (Eita) cuando se ve obligado a hacerse el harakiri a la fuerza. Es una pena que en nuestra cultura no esté más arraigada la cultura del suicidio por honor. De haber sido así, a muchos de nuestros políticos no les bastaría con dimitir, sino que se les exigiría demostrar su nobleza renunciando a la vida después de mentir, engañar o robar. Qué bonito y poético sería, y seguro que se les recordaría con mucho más respeto.
En cierta manera Ichimei hace referencia a Rashomon, la obra maestra de Akira Kurosawa en la que se conocía una misma historia desde varios puntos de vista. En este caso no sucede exactamente igual, pero sí es muy interesante que mientras la mitad de la historia está contada por Kageyu (Kôji Yakusho), la otra se completa por Hanshirô Tsugumo (Ebizô Ichikawa). A pesar de que el primero cuenta su parte con frialdad y sin dar crédito a los ruegos del ronin, todos apreciamos la tragedia de su relato, tanto espectador como oyente diegético, lo que provoca que llegue con tanta intensidad la parte que completa Kageyu. Lo interesante es que al ir aportando detalles, el espectador se imaginará cómo va a terminar la historia, pero aún así conserva toda su fuerza y su dureza, transmitiendo todo el dolor e impotencia por la que han pasado sus protagonistas. Un relato de viva actualidad y con el que Takashi Miike se anticipaba a los acontecimientos de estos tiempos de crisis en los que mucha gente tiene que suplicar realmente porque no les quiten sus casas, los Gobiernos cambian leyes para favorecer a los más ricos desprotegiendo más aún a los pobres, o en algunos países se llega hasta el suicidio como herramienta y arma para denunciar su situación desesperada.
Si las imágenes están realzadas, que no embellecidas, por la fabulosa fotografía de Nobuyasu Kita, la banda sonora ofrece un hermoso contrapunto con la partitura que aporta Ryûichi Sakamoto, todo ello coronado con el poético uso que de los elementos de la naturaleza vuelve a hacer Takashi Miike, en consonancia con su título previo estrenado en occidente, Trece asesinos. Al igual que sucedía en este caso, que algunos espectadores no alcanzaran a saborear estas mieles que menciono, el engaño puede proceder de la creencia errónea de que se está ante un producto con más sangre y acción y menos drama y emoción, cuando más bien se trata justamente de todo lo contrario.
Publicado originalmente en EXTRACINE