martes, 26 de enero de 2010

La caja (The box)

Título original: The box
Año: 2009
Nacionalidad: EE.UU.


Dirección: Richard Kelly
Guión: Richard Kelly, basado en un relato corto de Richard Matheson
Producción: Richard kelly, Dan Lin, Kelly McKittrick & Sean McKittrick
Fotografía: Steven Poster
Música: Win Butler, Régine Chassagne & Owen Pallett
Montaje: Sam Bauer
Diseño de Producción: Alec Hammond
Dirección Artística: Priscilla Elliott
Decorados: Tracey A. Doyle
Vestuario: April Ferry
Reparto: Cameron Diaz, James Mardsen, Frank Langella, James Rebhorn, Holmes Osborne, Sam Oz Stone, Gillian Jacobs, Celia Weston, Deborah Rush, Lisa K. Wyatt, Mark S. Cartier, Kevin Robertson, Michele Durrett...






adán y eva en el siglo xx

Los trailers son productos de marketing cuyo objetivo primordial es inducirte a ver la película. Están hechos para venderla, principalmente, al público no especializado, el que no sabe ni quien es el director, el productor o el guionista (a no ser que sean directores estrellas como Clint Eastwood o Alejandro Amenábar, o los productores de Titanic o El paciente inglés); tan sólo le interesan los actores principales. En este caso, ni Cameron Diaz ni James Mardsen ni, mucho menos, Frank Langella, gozan de un tirón de taquilla para servir como un reclamo efectivo, ni tampoco pueden avalar su validez artística con al recurrente frase “nominado a un Oscar de la Academia”, como si garantizase una prodigiosa interpretación.
Un trailer malo es aquel que te da la sensación de haber visto lo mejor de toda la película, desmenuzando todo el argumento y desmotivando al espectador a ver el largometraje completo. Un buen trailer cuenta lo justo, o muy poco de la película, transmite, apenas, la premisa en la que se basa la trama principal del filme. 
El trailer de La caja resulta eficiente y edificante a todos los niveles. Por un lado reúne la maravillosa gracia de un montador que sabe escoger y mezclar diferentes imágenes y momentos de la película para conseguir un auténtico Editor’s Cut que te manipula y emociona, proporcionándote la excitación suficiente como para que desees volver al cine a ver la película completa, aunque creas que conoces todo su argumento. Y esto funciona tanto si eres un espectador especializado como si no. También en ambos casos funciona el recordatorio sobre el director de la cinta: Richard Kelly, el cineasta norteamericano creador de un extraordinario filme que se estrenara en 2001 y que, si bien pasara sin pena ni gloria por la cartelera, llegaría a convertirse en un título de culto entre el sector adolescente: Donnie Darko.
Menciono todo esto porque, aunque hubiera visto la película igualmente, el hecho de ver su trailer en otras sesiones, me impulsó a acudir al cine en el momento en que supe que estaba estrenada. Sentado en la butaca del cine, esperando que se apaguen las luces y comience la proyección, me asaltan las dudas, pero en 2 minutos todas mis temores desaparecen. Lo que parecía un thriller salpicado con toques fantásticos se convierte en un auténtico filme de ciencia-ficción. Las premisas planteadas en el trailer -Arthur y Norma Lewis deben elegir si aprietan un botón que provocará la muerte de una persona que no conocen, en cualquier lugar del mundo, a cambio de recibir una recompensa de un millón de dólares y sólo tienen 24 horas para pensarlo- se resuelven en apenas 20 minutos -el dilema de apretar o no el botón y el período de meditación sólo eran el catalizador de la trama- abriendo un abanico de posibilidades y haciendo de La caja un film imprevisible y sorprendente.
Desconozco si la ubicación temporal corresponde a una necesidad concreta de Richard Kelly (Donnie Darko se desarrollaba en los años ochenta) o al hecho de que la historia original  de Richard Matheson se desarrolle en ese contexto, pero lo cierto es que esta perspectiva temporal facilita que el espectador se sumerja dentro de los parámetros fantásticos que propone el filme, ayudándose de guiños y referencias a títulos de los años sesenta, setenta y ochenta, fácilmente reconocibles por el espectador, y consiguiendo una asociación emocional inmediata. Esa cuidada ambientación, que incluye el vestuario, la peluquería, el maquillaje y la fotografía, que evoca el aspecto visual de Carrie (1976, Brian De Palma). La mesa de operaciones del Dr. Stewart evoca los diseños creados por Ken Adams para otro "doctor" en los decorados de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb, 1964, Stanley Kubrick), una cinta filosófica y apocalíptica que encaja perfectamente con la finalidad de la cinta de Richard Kelly. La secuencia de la biblioteca recuerda las paranoias psicodélicas de Dario Argento, particularmente las de Inferno (1980), una secuencia que no sólo resulta brillante, inquietante y alucinante, sino que nos abre las claves metafóricas del filme y nos transporta, finalmente, desde la ciencia-ficción hasta el existencialismo. Ni que decir que esta mezcla de thriller, fantasía, filosofía, American way of life, cultura pop y ambientes inquietantes que carecen de una explicación lógica, también recuerdan los ambientes y sensaciones de los más delirantes filmes de otro cineasta norteamericano: David Lynch.
Estas referencias no ensombrecen, ni mucho menos, la trayectoria del filme, Kelly sabe coger todas las influencias para desarrollar su propio código audiovisual, utilizándolas para colocarnos, emocionalmente, donde le interesa y, en consonancia con Donnie Darko, ofrecernos una nueva visión pesimista del ser humano en la que la mujer está, irremediablemente, destinada a pecar y el hombre a volverse, inevitablemente, violento contra su compañera, pero por amor, por compasión. La premisa del filme concluye con la idea de que esta misma conducta se repetirá en las nuevas generaciones. Sin capacidad para aprender de las equivocaciones anteriores. Sin posibilidad de escape. Sin salida. Sin solución. Ya lo dijera un popular programa de la televisión española de los años setenta: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.”