lunes, 12 de julio de 2010

El retrato de Dorian Gray


Título original: Dorian Gray
Año: 2009
Nacionalidad: xxx

Dirección: Oliver Parker
Guión: Toby Finlay, basado en una novela de Oscar Wilde
Producción: Barnaby Thompson
Fotografía: Roger Pratt
Música: Charlie Mole
Montaje: Guy Bensley
Diseño de Producción: John Beard
Decorados: Niamh Coulter
Vestuario: Ruth Myers
Reparto: Ben Barnes, Ben Chaplin, Colin Firth, John Hollinggworth, Caroline Goodall, Jeff Lipman, Rachel Hurd-Wood,George Potts, Lisa Marie Cooke, Robert Johnston, Max Irons, Lily Garrett, Emily Phillips, Guillaume Grange, Andrew HarrisonMaryam d'Abo, Emilia Fox, Rebecca Hall, Johnny Harris, Douglas Henshall, Aewia Huillet, Noli McCool, Louise Rose, Hugh Ross, Fiona Shaw, David Sterne, Pip torrens, Jo Woodcock...

"Dorian Gray" la dolce vita en el siglo XIX 

El contundente principio de El retrato de Dorian Gray, con un flashforward en que vemos al protagonista cometiendo un crimen brutal constituye, de entrada, un impacto que parece indicar que la adaptación que vamos a presenciar de la novela de Oscar Wilde se desmarca con respecto a cualquier versión anterior. Podría hacerse otra lectura de este comienzo que vendría a convertirlo un mero reclamo con intención de mantener la atención de un espectador no interesado en las diferencias entre la época victoriana, la renovación y el cambio social efectuado por la Revolución Industrial y la incomprendida posición de los prerrafaelistas liberados por John Ruskin.

Dorian Gray (Ben Barnes) es un joven recién llegado a Londres tras haber heredado una gran fortuna. Sus primeras amistades en la gran ciudad son Basil (Ben Chaplin) y Henry (Colin Firth), pintor el primero y pervertido —de corazón más que de acción— el segundo. Juntos forman un bonito triángulo de amistad masculina que se materializa en una secuencia en la que Basil pinta a Dorian en un retrato en el que la influencia de Henry, al parecer, facilitará un pacto con el tiempo a causa del cual Dorian no envejecerá jamás, haciéndolo en su lugar el cuadro. No sólo eso, sino que el cuadro se convierte, literalmente, en el espejo del alma de Dorian Gray.

Ha nadie se le escapa la dificultad y el riesgo que conlleva la adaptación de cualquier novela, sobre todo si se trata de una como la de Oscar Wilde que, por corta que sea, encierra un sinfín de frases y juegos de palabras tan ingeniosas y originales que confieren a un libro, de apenas cien páginas, de una profundidad sin parangón. No es de extrañar que con un texto tan rico, a Oliver Parker le cueste cambiar palabras por imágenes y traducir The Portrait of Dorian Gray, la novela, en El retrato de Dorian Gray, la película. Y aunque he de decir que el filme no está mal y resulta un producto, en general, más notable que la media actual, hay que lamentar un excesivo cuidado con la palabra y la ambientación, descuidando los hechos y acciones que desarrollan la trama. Pero dado que tanto la obra de Wilde como la corriente de la época en la que se desarrolla la acción tenían como objetivo la búsqueda de la belleza a través del arte, espíritu que Parker trata de reproducir en su película incluyendo alusiones a todas las expresiones artísticas, me parece más adecuado comenzar mi recorrido por el aspecto visual de la obra.

Es innegable que el diseño de producción es absolutamente exquisito, como es habitual en este tipo de producciones y, en particular, en las de John Beard, un director artístico que iniciara su carrera de la mano de Monthy Pyton y desarrollara una trayectoria que incluye títulos como Brazil (1985, Terry Gilliam), Principiantes (Absolute Beginners, 1986, Julien Temple), La última tentación de cristo (The Last Temptation of Christ, 1988, Martin Scorsese), Erik, el vikingo (Erik the Viking, 1989, Terry Jones), The Browning Version (1994, Mike Figgis) o The Wings of the Dove (1997, Iain Softley). Siendo además londinense, Beard no debe tener mucho problema a la hora de hacer tan precisa reconstrucción de ese estilo victoriano de toda la primera parte de la película, que combina con los detalles artesanos y neomedievales introducidos con las revolucionarias ideas de William Morris, cuyos estampados típicos pueden apreciarse en la mayoría de tejidos que aparecen en la película.

Destacar la evocación al imaginario de Shakespeare, tan influyente en los prerrafaelistas a los que se alude en esa representación de Hamlet en la que Dorian conoce a su primer amor, Sybil (Rachel Hurd-Wood), que igual que Ofelia, acabará suicidándose en el río, tal y como es representada por John Everett Millais en su famoso cuadro, Ofelia muerta, aludiendo, además, al aspecto físico de La dama de Shalott, en el cuadro de otro prerrafaelista: John William Waterhouse. Me atrevería a decir que el mismo retrato pintado en el filme por Basil, alude al concepto pictórico de Millais, que si bien en un principio adornara sus retratos con numerosos elementos ornamentales de la naturaleza, acusara después una influencia de Velázquez, tal y como él mismo explicara en su artículo Pensamientos sobre el arte de hoy. Asimismo, se percibe la evolución de esta estética hacia el neogótico apuntado en algunos momentos, como el picnic improvisado por Emilly (Rebecca Hall) y Dorian, en donde el escenario recuerda la influencia de Ruskin.

Tamaño trabajo de reconstrucción artística, espacial y arquitectónica, no sería nada sin la luz apropiada, y si algo resplandece en El retrato de Dorian Gray, es sin duda la fotografía que aporta Roger Pratt, un característico cinematógrafo británico, que curiosamente también empezara con Monthy Python y coincidiera con John Beard en Brazil, aportando su expresionista uso de la luz y la sombra en filmes como Mona Lisa (1986, Neil Jordan), Batman (1989, Tim Burton), El rey pescador (The Fisher King, 1991, Terry Gilliam), Frankestein (1994, Kenneth Brannagh), Doce monos (Twelve Monkeys, 1995, Terry Gilliam) o algunas entregas del adolescente Harry Potter. Pocas dudas me caben sobre la cercana colaboración entre el director artístico y el de fotografía, para aunar sus esfuerzos en un trabajo con un resultado más que notable en la representación del Londres del siglo XIX.

El esfuerzo de Oliver Parker también se aprecia, se respira, emana y resplandece en algunos momentos, pero siento decir que no llega, se queda en el camino arrastrado por el peso del texto. Siendo además su problema creer que porque los personajes comentan los temas de los que pretende hablar: la dualidad entre el bien y el mal, la lucha interior frente a las tentaciones externas, la búsqueda por la eterna juventud contra el dramático envejecimiento que llega con la edad, la ausencia de correspondencia entre placer y felicidad, lo viejo frente a lo nuevo… Muchos —demasiados quizás— temas apuntados, pero ninguno desarrollado. Como diría William Goldman, “el diálogo y la trama es una de las partes menos importantes de cualquier película”, refiriéndose a que las acciones son también parte del guión. Y eso es precisamente lo que se hecha en falta en esta adaptación de la novela de Oscar Wilde, que las cosas se dicen pero, yo por lo menos, no las veo representadas en las acciones de los personajes.

Por mucho que se repita lo cínico y malo que es Henry, percibo tan sólo una fina y superficial capa de esa posible maldad. De hecho, lo que yo interpreto es que su comportamiento inicial se debe a la falta de experiencia y, quizás, a la envidia por haberse casado cuando parece ser que le hubiera gustado no hacerlo. No se entra en los motivos que le llevan a consumar su casamiento, a pesar de repudiar tanto ese estado civil, podríamos intuir que se trata de un homosexual reprimido o en el armario o lo que quieras, pero eso sería aportar más de lo que propone la historia por sí misma —la de la película, porque en la historia real, la de Oscar Wilde, todos sabemos cómo vivió su vida. Precisamente Henry sí cambia su actitud en cuanto nace su hija, lo que me lleva a entender que se trata de una personalidad empírica, carente de empatía y que sólo al convertirse en padre se apiada de las demás jóvenes, que podrían ser sus hijas. De hecho, al final se convierte en un padre coraje con tal de proteger a Emilly, a pesar de que ésta no entienda su actitud y le vuelva la espalda, cosa que Henry acepta con resignación.

Dorian tan sólo me parece un sociópata del siglo XIX —como si eso fuera poco. El desprecio que siente por la vida humana es, sin duda, lo peor de su personalidad, pero la manera en que estos episodios se retratan parecen estar justificados por la necesidad de salvaguardar su secreto, su tesoro maldito, su retrato. Oliver Parker parece querer ofrecer las muestras de su depravación a través de esas orgías en las que fornica con hombres y mujeres a la vez, haciendo uso y abuso de prácticas tan comunes hoy en día —y seguro que en aquellos— como el fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, bondage, bukake, facesitting, snowballing, candelabro italiano, sumisión, masoquismo, dominación… cuando en ninguna de las imágenes vemos que nadie es obligado a hacer nada que no quiera hacer. Lo más retorcido podría ser esa apuesta que hace con Dorian sobre el dos por uno, al acostarse con la madre y la hija. Pero tampoco me parece para tanto, un juego perverso, nada más, ningún vínculo emocional le une a la hija, con lo cual, tan sólo le obliga a un momento incómodo bajo la cama y le regala saber que su madre puede llegar tan lejos como ella.

En esa línea son mucho más perversos los juegos que mantienen la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont contra Madame de Tourvel en Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988, Stephen Frears) ---o en Valmont (1989, Milos Forman), en la que también interviene un joven Firth--- o cualquier otra de sus víctimas, a las que sí corrompen hasta convertirles en lo que son ellos mismos. Aquí, Dorian Gray, tan sólo las usa, para abandonarlas después a sus suerte, siendo cada uno responsable de sus actos y sin hacer uso de la fuerza, la coacción o la violación, tan sólo connivencia. Tampoco me parece tan perversa la maligna influencia de Henry en Dorian, representada visualmente cuando le ofrece un cigarrillo e intentando afianzar que su discípulo ha sucumbido a sus efectos cuando le regala la pitillera, marcando el inicio de su camino hacia un mundo de sexo, drogas, alcohol y perversión.

Tampoco percibo la recuperación de Dorian Gray en el último tercio de la película, subyugado, al igual que Henry, por la moderna y refrescante personalidad de Emily. El personaje que representa la revolución industrial —simbolizada en su cámara fotográfica—, la emancipación de la mujer, la ruptura con la estética victoriana —sólo tenemos que fijarnos en su vestuario— y todas las renovaciones que llegarían con el siglo XX. Puede que Emily le ayude a cuestionarse sus actos, pero nuevamente, no veo que reflexione sobre los errores del pasado, sino que sigue obcecado en que nadie vea su cuadro, en que nadie le vea tal y como es. El final de la película parece querer indicar el final de un movimiento, el de los prerrafaelistas, representado por Dorian, que fueron absorbidos por los modernistas, pero con un concepto diferente. Un tiempo en el que modernistas convivirían con los victorianos, representados por su padre, que vivirá en su mismo tiempo, pero con el que ya no mantendrá un contacto directo.

Probablemente influya en esta diferente percepción de los personajes en que las interpretaciones son desiguales, estando muy acertado Colin Firth en su personaje de Lord Henry Wotton, igualmente su amigo Basil Hallward encarnado por Ben Chaplin y, sobre todo, Rebecca Hall en la espléndida encarnación de Emily Wotton, quizás el personaje más fuerte y atractivo de la película. No resulta igual de acertado Ben Barnes que no es capaz de dotar de una, o alguna, personalidad a este Dorian Gray que no despierta en mi persona ningún sentimiento que no sea la indiferencia. Ni compasión ni empatía ni mera simpatía. Nada. Ausencia total. Ni siquiera apela su físico a mi percepción de belleza, que aunque entiendo que Oliver Parker ha intentado buscar un perfil de belleza andrógino, ambiguo, tan atractivo para hombre como para mujer, a mi, desde luego no me llega —aunque entiendo, y es evidente, que esta es una cuestión absolutamente subjetiva.

En cualquier caso, aunque sea propuesta desigual, no deja de ser interesante. Lamento que Oliver Parker, que tan bien se había acercado al mismo escritor en ocasiones anteriores, no haya estado en esta ocasión a la altura de su maravillosos equipo artístico.

Publicado originalmente en EXTRACINE

Kick-Ass


Título original: Kick-Ass
Año: 2010
Nacionalidad: EE. UU. & Reino Unido

Dirección: Matthew Vaughn
Guión: Jane Goldman & Matthew Vaughn, basado en un cómic de Mark Millar & John Romita Jr.
Producción: Adam Bohling, Tarquin Pack, Brad Pitt, David Reid, Kris Thykier, Matthew Vaughn
Fotografía: Ben Davis
Música: Mariun De Vries, Ilan Eshkeri, Henry Jackman & John Murphy
Montaje: Eddie Hamilton, Jon Harris & Pietro Scalia
Diseño de Producción: Russell De Rozario
Dirección Artística: Joe Howard, John King & sarah Stuart
Decorados: Tina Jones
Vestuario: Sammy Sheldon
Reparto: Aaron Johnson, Garrett M. Brown, Clark Duke, Evan Peters, Deborah Twiss, Lyndsy Fonseca, Sophie Wu, Elizabeth McGovern, Chrsitopher Mintz-Plasse, Stu 'Large' Riley, Johnny Hopkins, Ohene Cornelius, Mark Strong, Michael Rispoli, Corey Johnson, Kenneth Simmons, Anthony Desio, Carlos Besse Peres, Randall Batinkoff, Dexter Fletcher, Chloe Moretz, Nicolas Cage, Russell Bentley, Jason Flemyng, Tamer Hassan, Yancy Butler, Adrian Martinez, Tim Plester, Joe Bacino, Hubert Boorder, Christopher McGuire, Max White, Dean Copkov, Jacob Cartwright, Maurice DuBois, Dana Tyler, Craig Ferguson, Omar A. Soriano, Katrena Rochell, Kofi Natei, Xander Berkeley, Omari Hardwick, Dan Duran, Louis Young, Val Jobara, Quinn Smith…

no será para niños, pero es infantil y pueril

Una noche que estaba en casa con la televisión encendida, pero sin verla, y escucho que hablan de Kick-Ass. Interpreto que están hablando de una secuela de la peor de las películas de Pedro Almodóvar, Kika (1993). Afortunadamente no era así, pero el resultado no es mucho más óptimo.

Kick-Ass es la historia de Dave (Aaron Johnson), otro de estos nerds que pueblan los Estados Unidos de América que quisieran ser rubias, quiero decir, tan populares como una rubia con su traje de animadora. Los abusos repetidos por parte de unos raperos —que no rateros, porque así van vestidos los que les extorsionan y ahí empieza a asomar la muestra de fascismo— y la ausencia total de solidaridad en su sociedad —que no en la mía—, le llevan a determinar que la solución es disfrazarse con un pijama verde, literalmente, como si hubiera encontrado el clown que lleva dentro. Cuando se enfrenta a sus dos enemigos rateros, en lugar de coger fuerzas detrás de su disfraz, estos le propinan una espectacular paliza —que resulta, casi, lo más estimulante de la película. Pero el clown no cede y lo vuelve a intentar, se crea un perfil en una red social y sale a la calle a payasear. Pero Kick-Ass no es un clown solitario, en la misma ciudad están Big Daddy (Nicolas Cage) y su hija Hit Girl (Chloe Moretz) —la familia que mata y delinque unida permanece unida. El caso de estos es mucho más irresponsable, pues papá le está enseñando a su hijita a utilizar las armas para vengar la muerte de su madre, resultando que el causante de su dolor tiene un hijo que también acabará en pijama…

Tan exquisitamente retratados en las películas de John Hughes, Todd Solondz, Jared Hess o, incluso, Tim Burton o en filmes absolutamente independientes como El vengador tóxico (The Toxic Avenger,1984, Michael Herz & Lloyd Kaufman), Superstar (1999, Bruce McCulloch) o American Splendor (2003, Shari Springer Berman & Robert Pulcini), Kick-Ass viene a demostrar, junto con recientes bodrios del cine norteamericano como Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, 2009, Ruben Fleischer) que los nerds han aterrizado definitivamente en las garras del cine comercial de Hollywood con la intención de llenar sus arcas. Y lo primero es ponerles al nivel del cine de rubias tipo Rommy and Michele’s High School Reunion (1997, David Mirkin) o Una rubia muy legal (Legally Blonde, 2001, Robert Luketic) —con la salvedad que estas últimos son muchos más dignas que de la que estamos hablando. El problema, además, es de fondo pues salta a la vista que Matthew Vaughn, el director de este filme, desconoce por completo lo que significa ser nerd, pues no conoce las diferencias entre un nerd, un freak, un friki, un tarado, un pirado y o un gay, de hecho para él todo es lo mismo.

Tampoco debe haber tenido este director una buena relación familiar, a tenor de las relaciones que se establecen entre los personajes: Dave y su padre no tienen relación alguna, aparte de saber sus respectivos nombres y vivir bajo el mismo techo, no hay mayor relación, como si le tuviese alquilada la habitación; Mindy y Damon Mcready basan su relación en un vínculo de odio al responsable de la muerte de la esposa del segundo y madre de la primera, algo de los más inverosímil y trasnochado, que podría ser divertido en otro contexto, pero tal y como se ha presentado, no comulgo, no creo, no entro, me parece forzado; por último, la familia D’Amico no confían ninguno en el otro, no me extraña que no prosperen.

He de decir que celebro la recuperación física de Nicolas Cage, actor que en sus últimos títulos World Trade Center (2006, Oliver Stone), The Wicker Man (2006, Neil LaBute), Next (2007, Lee Tamahori), Señales del futuro (Knowing, 2009, Alex Proyas) o, la espléndida, Teniente corrupto (The Bad Lieutenant: Port of Call – New Orleans“, 2009, Wernert Herzog), parecía seguir un tratamiento del cirujano que aparecía en Brazil (1985, Terry Gilliam), cuya paciente, en lugar de rejuvenecer, se descompone en vida con lentitud. Nicolas Cage recobra en Kick-Ass parte de su naturalidad, aunque claro, quizás sea una ilusión óptica debido a que aparece la mayor parte del tiempo enfundado detrás de su máscara, que le queda muy bien.

El reparto es pésimo, insoportable. Salvando la actuación de la maravillosa Chloe Moretz, absolutamente espléndida en su caracterización de Hit-Girl, el resto son aprendices de cine comercial que o aún no han asistido a clase de interpretación el tiempo suficiente o de nada les valen las clases. Debo reconocer que la secuencia en la que Hit-Girl se planta vestida de colegial en la casa de D’Amico es espectacular, hasta maravillosa, la precisión de la coreografía y la sincronización con los movimientos de cámara es sublime, preciosa, digna de cualquier videoclip de la petarda Madonna. En realidad pudiera ser una más de los cientos de citas que la película hace, pues debemos recordar que el señor Matthew Vaughn ha sido el productor de los delirios esteticistas del marido de esta, Guy Ritchie, desde Lock & stock (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1998) hasta aquella insufrible película protagonizada por la ambición rubia: Barridos por la marea (Swept Away, 2002).

Asimismo, las referencias a otras películas llegan a ser aburridas, aunque debo resaltar por su mal gusto la alusión que se hace a Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulan, 2001, Jean-Pierre Jeunet), tanto en la primera secuencia de la película en la que vemos cómo un armenio con problemas mentales se tira desde lo alto de un edificio para aterrizar en un coche —¿tenía que ser extranjero para ser también enfermo mental? ¿no podía ser de Iowa, Arkansas, Nebraska, Wisconsin, Missouri o Montana?, que luego no me digan que no les tilde de fascistas inmorales—, pero aún es mucho peor el plano de la muerte de la madre de Dave, desperdiciando además la estimulante presencia de Elizabeth MacGovern, quien parece estar destinada a la muerte en el cine reciente, pues de la misma manera acababa en Furia de titanes (Clash of the Titans, 2010, Louis Leterrier). Otro bodrio gigante.

Recientemente tuve la oportunidad de volver a ver en televisión aquel episodio de Los Simpson, The Wizard of Evergreen Terrace (1998, Mark Kirkland), en el que Homer quiere emular a Thomas Alva Edison y se pone a inventar artilugios curiosos. A Homer se le ocurre pensar que toda mujer moderna, que anda corriendo y con prisas, siempre se le puede olvidar su maquillaje en casa para cuando van a una fiesta o un evento, e idea una solución: ‘el rifle maquillador automático’, tras cuya demostración su hija le responde que a ninguna mujer le gusta que le disparen en la cara. No puedo dejar de pensar en Lisa Simpson cada vez que recuerdo el plano de Damon Macready disparando a su hija.

Es que, simplemente, no me lo puedo explicar ni creer, a quien se le puede ocurrir hacer una gracia con un padre disparando a su hija —en realidad sí, a alguien que nunca ha tenido un hijo o una hija y ninguna empatía. No es lo mismo leer una novela que un cómic, mirar un cuadro que un dibujo, escuchar una canción que una sinfonía, ver una serie de televisión que una película. Un autor tiene la responsabilidad de conferir una dimensión que transgreda o no las barreras, de cada medio para lograr su objetivo, pero, en este caso, es tan sólo entretener y divertir, pero la provocación de esta imagen es tan superficial e inmoral que no se justifica con la infantil explicación de que ya estaba en el cómic original. Cosa que desconozco, pero lo menciono por si acaso.

Kick-Ass es, en definitiva, un muestra más de cine fascista americano, algo que resulta además de lo más incoherente para un director de origen británico. Lo único que le queda de su cultura europea es el gusto musical, no me imagino la misma película hecha por un norteamericano con las canciones de The Prodigy o Primal Scream. Esto no viene más que a ser una muestra de que la globalización conlleva la pérdida de la identidad de esas mentes endebles que se dejan manipular y arrastrar por el gigante norteamericano.

La irresponsable muestra que se hace de la violencia en esta película me lleva, inevitable, irremediable e inequívocamente al discurso de Michael Haneke en Funny games (1997) o Funny games, US (2007). El alemán tiene toda la razón y hay cineastas que ya no conocen la diferencia entre hacer un divertido filme de acción en el que la violencia tenga además sentido, como en Pulp Fiction (1994, Quentin Tarantino), Oldboy (2003, Park Chan-wook) o Battle Royale (2000, Kinji Fukasaku), por ejemplo, a promover la violencia y el uso desproporcionado de las armas. Kick-Ass es de estos últimos. 

¿Y van a hacer una secuela? ¡Qué ganas de perder el tiempo y despilfarrar el dinero!

Publicado originalmente en EXTRACINE

Mi nombre es Khan


Título original: Mi name is Khan
Año: 2010
Nacionalidad: India
Dirección: Karan Johar
Guión: Shibani Bathija
Producción: Karan Johar & Gauri Khan
Fotografía: Ravi K. Chandran
Música: Shankar Mahadevan, Lory Mendosa & Ehsaan Noorani
Diseño de Producción: Sharmishta Roy
Vestuario: Manish Malhortra & Shiraz Siddique
Reparto: Shahrukh Khan, Kajol, Shane Harper, Christopher B. Duncan, Harmony Blossom, Jennifer Echols, Steffany Huckaby, Douglas Tait, Adrian Kali Turner, Parvin Dabas, Tanay Chheda, Carl Marino, Muchael William Arnold, Mel Fair, Kathleen M. Darcy, Sonya Jehan, Retson Ross, Mike Howard, Sugandha Garg, Benny Nieves, Pallavi Sharda, Jeremy Kilpatrick, Ethynn Tanner Cerney, Tracy Weisert, Kristen Marie Holly, Nicolas Pajon, Reed Rudy, Kevin Oestenstad, Len Anderson IV, David Alan Hodges, Natasha Marc, a'Ali-Salaam, Arjun Mathur, Arif Zakaria, Brett Glazer, Dominic Renda, Montgomery Paulsen, Mark S. Porro, Marquis Scott, Laurence Brown, Sheetal Menon, Patrick J. Crabb, Ron Provencal, Joseph Zinsman, Willoughby Charles Jonett, Daniel lee, Brittany Disston, Victor M. Slone...
tan tópica como un anuncio de detergente

La industria de Bollywood es tan superficial como pueda serlo la de Hollywood, lo que me permite referirme ha aquel maravilloso título de Robert Altman, El juego de Hollywood (The Player, 1992), en el que realizaba un veraz y crítico retrato a la industria de Hollywood en la que sus productores no tenían idea de lo que era hacer cine y se enteraban del argumento que les explicaba un guionista gracias a unas sencillas asociaciones a películas de éxito ya realizadas. No me cabe ninguna duda a que Shibani Bathija, guionista de este bodrio, explicara su idea a unos incultos productores asegurando que la película iba a ser un cruce entre Forrest Gump (1994, Robert Zemeckis) y Rain Man (1988, Barry Levinson) con una chispa de Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001, Ron Howard).

Estamos ante un melodrama que relata la historia de Rizwan Khan (Shahrukh Khan), un individuo que padece el síndrome de Asperger —algo que se introduce antes de los títulos de crédito con la intención de sensibilizar al espectador y, a la vez, disculparse por las incoherencias que se puedan producir— y que tras la muerte de su madre, se traslada a los Estados Unidos de América, siguiendo los pasos de su hermano, quien le proporciona trabajo —uno que parece realmente muy inapropiada dada la enfermedad que padece, pero gracias al cual conoce a Mandira (Kajol). Mandira acaba por sucumbir a la sinceridad y sencillez de Rizwan, casándose con él y formando juntos una nueva familia junto con el hijo de Mandira, fruto de un matrimonio anterior.

El drama se produce cuando el hijo de Mandira es asesinado en una trifulca de adolescentes que es interpretada por las autoridades como un crimen racista provocado por el apellido que el adolescente tiene ahora, Khan, un apellido musulmán. Esto provoca el rechazo inmediato de Rizwan por parte de Mandira que le echa de su lado hasta que sea capaz de presentarse ante el presidente de los Estados unidos de América para decirle: 


"Mi nombre es Khan y no soy un terrorista"

No se dejen engañar, estamos ante un filme falso y manqueo cercano a los cines de propaganda que se dieran en Alemania e Italia antes y durante la Segunda Guerra Mundial, y en España, justo desde el momento en que el caudillo ganara la Guerra Civil española y a lo largo de cuarenta años de oscuridad. Quizás por ello lo reconozco tan bien. Un tipo de cine que no tiene la intención de hacerte pensar sino que te dice, directamente, lo que tienes que pensar. Un cine más racista que aquellos comportamientos que critica.

Acentuando el carácter sensiblero y acorde con el melodrama, la mayor parte de la historia está contada a través de un flashback que comienza cuando Rizwan es detenido por su conducta sospechosa en un aeropuerto. La caricatura con la que se dibuja a los policías del aeropuerto no es mucho mejor que la que pudiera realizar un cineasta norteamericano sobre un terrorista islámico, lo que coloca a Mi nombre es Khan a la misma altura que aquello que pretende criticar. Lo mismo sucede más adelante, con la pelea en la que muere el hijo de Mandira en la que los comentarios de los adolescentes y sus actitudes están forzadas para conseguir engañar y orientar la mente del espectador.

Tan sólo merecen la pena algunos breves momentos, como el momento en que Rizwan se presenta a Mandira, algo que se diluye en segundos ante unas asociaciones de ideas propias de las rebajas, no las de enero sino las segundas rebajas de febrero, como la que lleva a Mandira a determinar que Rizwan es el culpable de la muerte de su hijo. Una conclusión que, además, me deja perplejo porque aparece en pantalla y en ningún momento me da la impresión que sea un crimen racial, se trata más de una pérdida de control de unos adolescentes que hubiera sido exactamente igual con cualquier adolescente de otra religión, etnia o condición sexual.

Esto demuestra que Karan Johar, a pesar de tan extenso currículo y experiencia, no sabe cómo contar una historia. Se pierde en el discurso, traicionado por sus propias imágenes que, probablemente funcionen a la perfección en su pueblo, pero no en el mío. No se aprecia ningún resquicio del gran director indio, Satyajit Ray o, por no mear tan alto, de cineastas como Shekhar Kapur, y por mear sentado, de cineastas indias contemporáneas como Mira Nair o Deepa Mehta.

Si acaso la película destaca por todo lo que desaprovecha, como la oportunidad para resaltar la representación de una mujer trabajadora hindi contemporánea, como es Mandira, que prácticamente lleva sola el sustento de su familia, sobretodo en el período post 11-S y que no nunca podría realizar en el Bollywood. En mi opinión también desaprovecha la oportunidad de mostrar cómo experimenta la comunidad musulmana norteamericana —de unos siete millones, pocos años antes de los atentados— el ataque terrorista a los Estados Unidos de América y cómo se adaptan a la situación posterior.

Todo lo dicho pasa totalmente desapercibido si, pasada la patética secuencia de la boda y aguantando la absurda secuencia del entierro del americanito, logras aguantar hasta la última media hora de proyección, en la que en ningún momento se tiene la sensación de estar en los Estados Unidos sino en un set de rodaje lleno de extras haciendo de americanos, en el que la película se convierte en una asombrosa y divertida comedia desenfrenada, pero de puro delirio, el del guionista y su director.

PD.: ¿como puede llevar Mandira un salón de belleza con las cejas sin depilar?


Publicado originalmente en EXTRACINE